Los taxis amarillos de Nueva York, la Sagrada Família de Barcelona, el Coliseo de Roma, los molinos de viento de Holanda, la torre Eiffel de París, las pirámides de Egipto... En ocasiones, una simple imagen aislada de cualquier contexto permite identificar sin riesgo de equivocarnos a un país, a una ciudad o a una región.
Son imágenes que concentran un concepto cultural tan representativo que se convierten en símbolos de identidad. Son, en definitiva, valiosos iconos universales que trascienden y esconden historias que hablan de la esencia del lugar.
En 1994, el número de cabinas instaladas por British Telecom llegaron a su máximo: 132.000 unidades
Londres atesora diversas figuras típicas reconocibles por el resto del mundo: los Routemaster, los característicos autobuses de dos pisos, el Big Ben o los black cabs, los taxis negros que han circulado durante décadas por sus calles. Sin embargo, algunas otras van más allá de la capital y son, en realidad, iconos de todo el Reino Unido.
Es el caso de las cabinas telefónicas de color rojo, los kiosks que encontramos en esquinas de ciudades y en pueblos remotos de todo el país. Estos pequeños elementos del paisaje urbano celebran su centenario convertidos en un icono del diseño británico, de la identidad y del patrimonio nacional, más allá de su función inicial como infraestructura de telecomunicaciones.
Un poco de historia
La primera cabina K2 se instaló en Londres en 1926. El famoso diseño de Giles Gilbert Scott no pasó desapercibido. Inspirado en el mausoleo de Sir John Soane, una tumba histórica del cementerio de St. Pancras, la construcción fabricada en hierro fundido de un intenso color rojo -la propuesta inicial era de acero dulce pintado en un tono plateado- no tardó en convertirse en una de las imágenes más representativas del Reino Unido.
Años más tarde, con motivo del jubileo de plata del rey Jorge V, el modelo fue sustituido por la versión K6. Conocido como el “quiosco del jubileo”, la nueva cabina se desplegó de forma generalizada más allá de la capital, y se instalaron unidades en pueblos y ciudades de todo el país, e incluso en numerosos territorios que formaban parte del antiguo imperio británico o mantenían estrechos vínculos con él. Todavía hoy, es posible fotografiarse junto a alguna superviviente en Malta, Australia o Estados Unidos (una de ellas se encuentra frente a la embajada británica de Washington D.C.)
Durante buena parte del siglo XX, el número de kiosks no paró de crecer. Como recoge The British Phonebox, un libro publicado en 2017 por Nigel Linge y Andy Sutton, dos profesores de la Universidad de Salford, en los cuatro años posteriores a su introducción, el número de teléfonos públicos rojos se disparó de 19.000 a 35.000. En 1984, ya eran 70.000, y diez años más tarde, las unidades instaladas por British Telecom llegaron a su máximo: 132.000.
La llegada de los teléfonos móviles y su rápida penetración en el mercado supuso que muchas de ellas dejaran de ser utilizadas. Sin embargo, lo que podría parecer una amenaza que las llevara a la desaparición, les regaló una segunda vida.
El renacimiento
La campaña Adopt a Kiosk, (“Adopta una cabina telefónica”) lanzada por BT Group en 2008, abría la puerta a comunidades -entes locales, parroquias y organizaciones benéficas- de todo el Reino Unido a hacerse cargo de unidades para darles un nuevo uso por una cantidad simbólica: una libra esterlina. En casi dos décadas, estos espacios se han transformado en instalaciones de lo más variopinto, desde pequeñas bibliotecas para el intercambio de libros a unidades de desfibrilación, pasando por cafeterías take away, galerías de arte, oficinas de información para senderistas, espacios naturales o estaciones de recarga eléctrica.
Las nuevas generaciones, nacidas con el smarphone en la mano, probablemente jamás han entrado y menos aún utilizado una cabina telefónica. No obstante, siguen estando ahí como parte esencial de la historia del país. Y es que, convertidas en objetos de culto de la cultura pop británica, han sido inmortalizadas en portadas de discos o libros y en innumerables películas.
Para muchos jóvenes, son un decorado popular para una selfie y para muchos viajeros, una forma distinta de conocer un país moteado de rojo, desde rincones de grandes ciudades a pintorescos paisajes naturales y remotas localidades rurales.
Lugares icónicos
Una de las imágenes más icónicas de Londres es Westminster y una de las fotografías más famosas de la capital -tal vez la más popular- es la que combina una cabina roja con el Big Ben y el palacio de Westminster de fondo. Por ese motivo, no es extraño encontrar colas, especialmente en verano, para inmortalizar el lugar. También en la capital, las calles adoquinadas de Covent Garden, flanqueadas de teatros, cafés y edificios victorianos son las elegidas por los turistas.
Los pueblecitos de Yorkshire, salpicados de iglesias medievales y pubs típicos, los acantilados y pueblos marineros de Cornualles y Devon regalan originales panorámicas con las cabinas como escenario. Pero no hace falta un plan preestablecido. En un recorrido por el país, el viajero descubrirá estampas insospechadas, la foto más original para la inmortalización del periplo.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.