El cangrejo azul es una especie invasora procedente de la costa atlántica norteamericana, que ha colonizado toda la llanura del delta del Ebro. Su llegada, a través de las aguas de lastre de grandes barcos mercantes, se ha transformado en un dolor de cabeza para la biodiversidad del Mediterráneo. Su comercialización, aprobada en 2016 por la Generalitat, es defendida como una de las mejores soluciones para minimizar sus impactos ecosistémicos. “Si no puedes con ellas, cómetelas”, defienden desde hace años las administraciones y el sector pesquero. Ahora, por primera vez, una investigación internacional liderada por científicos españoles pone en duda esta práctica. ¿El motivo? El fomento de la comercialización está generando incentivos para mantener a este cangrejo en lugar de erradicarlo.
La advertencia científica no es específica para este crustáceo. Abarca a otras especies invasoras que han proliferado por la península, como el pez león, el cangrejo rojo de las marismas, el coipú o la carpa asiática. El “invasivorismo”, como se conoce a esta naturalizada estrategia de conservación, explica Fran Oficialdegui, investigador de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y autor principal del estudio, suele presentarse como una estrategia “win–win” (de beneficio mutuo), basada en la idea de que el consumo de una especie invasora genera riqueza al tiempo que se minimizan sus impactos.
En muchas situaciones, cuando el problema se convierte en negocio, surge una resistencia a acabar con el mismo
“Pero la realidad es mucho más compleja y, en muchas situaciones, cuando el problema se convierte en negocio, surge una resistencia a acabar con el mismo”, aclara el experto. La nueva evidencia científica, recabada por investigadores de España, Suiza, Países Bajos y República Checa, cuestiona que la comercialización se presente como una “gestión sostenible de un problema ambiental”.
“Lo que no se suele decir es que los objetivos de la explotación comercial y de la gestión de especies invasoras son, en la mayoría de los casos, opuestos”, señala Oficialdegui. Si bien algunas iniciativas de promoción del invasivorismo pueden fomentar la concienciación social sobre el problema de las especies invasoras, “no existen ejemplos relevantes que demuestren su efectividad”, insiste este científico. De hecho, agrega, “convertir una especie invasora en un recurso valioso puede generar más incentivos para mantenerla o incluso aumentar su abundancia y su área de distribución que para reducirla”.
Mercados que perjudican
Según datos de la Generalitat, los pescadores del Delta y de las costas del Ebro han llegado a pescar hasta 5 millones de ejemplares desde 2016, cuando se aprobó su comercialización. Esta cantidad se ha traducido en unos beneficios para el sector de 4,5 millones de euros.
Para Oficialdegui, la creación de mercados en torno a especies invasoras “puede entrar en conflicto directo con los objetivos de conservación”. Cuando los medios de vida dependen de la explotación de estas especies, deja de interesar reducir sus poblaciones porque esto supone una reducción de los ingresos. En algunos casos -se explica en el estudio- esto ya ha provocado “consecuencias no deseadas”, como restricciones en las medidas de control para permitir que las poblaciones invasoras se recuperen.
La investigación pone como ejemplo el caso del cangrejo de Kamchatka, una especie que la Unión Soviética introdujo en el Mar de Barents en la década de 1960 y que generó una notable invasión. Intensamente explotado y comercializado desde entonces -en España se vende como patas rusas-, cuando la población invasora empezó a mostrar síntomas de sobreexplotación, se establecieron limitaciones a la pesca para garantizar la actividad comercial.
“Es muy probable que escenarios similares al del cangrejo de Kamchatka se den en la península ibérica cuando, una vez que la explotación comercial del cangrejo azul muestre declive en su población”, plantea Oficialdegui.
Una gestión basada en la ciencia
Para Oficialdegui y su equipo de trabajo, la explotación comercial de las especies invasoras puede ser una “opción aceptable” en determinados contextos. Para las especies invasoras que ya son abundantes y están ampliamente distribuidas. También para las que no existen opciones viables de control o erradicación.
“Pero eso no significa que el invasivorismo sea una solución mágica”, remarcan desde la Estación Biológica de Doñana. “En realidad, no es ni siquiera un intento de solución, dado que no puede considerarse una estrategia de gestión en sí mismo”, subraya Oficialdegui.
El trabajo sostiene que una estrategia de gestión encaminada al control de una especie invasora requiere “conocimiento ecológico”, enmarcado en un contexto socio-económico, que permita plantear objetivos de reducción de distribución y abundancias, evaluables mediante indicadores apropiados. “Nada de esto forma parte de las campañas encaminadas a comercializar especies invasoras, que pueden hacer más mal que bien a la conservación de la biodiversidad”, plantean los científicos.
Es necesario, concluyen, empezar a desvincular el invasivorismo de las acciones de conservación de la biodiversidad: “Las soluciones simples resultan atractivas, pero rara vez resuelven problemas ambientales complejos”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.