Hay barcos hundidos en los que buceas y pecios en los que te adentras en un museo de nuestra historia. El SS Thistlegorm pertenece a los segundos. Joya del Mar Rojo, no importa las veces que te hayas adentrado en sus bodegas, recorrido el descomunal exterior y visitado de noche, la visita estremece. Es imposible no pensar que, como tú, miles de buceadores de todo el mundo se sumergen a diario en sus entrañas.
El Thistlegorm es inabarcable. Un carguero británico de 128 metros de eslora, construido en 1940 y hundido durante la Segunda Guerra Mundial, la madrugada del 6 de octubre de 1941. Transportaba suministros para las tropas británicas en el norte de África: camiones, motocicletas, munición, armamento, piezas de aviación y hasta dos locomotoras de vapor.
Nunca llegaron a su destino.
Pero el Thistlegorm ya no pertenece solo a su historia. El Mar Rojo se ha encargado durante décadas de apropiarse de él. El metal está cubierto de vida, los peces atraviesan las estructuras y lo que fue escenario de muerte y destrucción se ha convertido en un extraordinario arrecife artificial.
Había que volver.
En la segunda inmersión entramos en sus bodegas.
Hay algo difícil de explicar en la sensación de avanzar lentamente, controlando la flotabilidad para no tocar nada, aunque nunca me libro de algún cabezazo, y detenerte frente a una motocicleta que lleva 85 años bajo el agua.
El silencio ayuda. Aunque el silencio de un buceador nunca es absoluto. Está tu respiración, el sonido de las burbujas golpeando el techo metálico y las luces de tus compañeros entrando y saliendo de la oscuridad.
Y todavía nos quedaba regresar una tercera vez. La mejor de todas, la nocturna. Tras la inspección exterior y la ruta interior, llega el momento mágico de la expedición. Los buceadores abandonan el barco con los focos apagados. La visión tarda unos pocos segundos en adaptarse al nuevo escenario, completamente en blanco y negro. Algo debí hacer bien este año, que el resplandor de la luna se colaba regalando una instantánea mágica y perturbadora. No es miedo lo que se siente allí abajo. Es emoción, intriga y un respeto infinito a lo que representa y por los que murieron.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.