Quinto día de inmersiones, con el cansancio acumulado en el cuerpo después de cuatro buceos diarios, pero con las mismas ganas de saltar y dejar que el mar te sorprenda. La aventura estaba llegando a su fin y esta vez, con Mark de guía, saltamos de la zodiac y descendimos por la pared de Woodhouse Reef hasta los 27 metros.
Ya me había advertido de que lo que me encontraría me iba a gustar. Y allí estaba, deslumbrante, una anémona gigantesca de un color rojo intenso, casi fluorescente, al que ni la profundidad lograba apagar los destellos. Y en el centro, protegiendo con ferocidad la guarida, un par de peces payaso dispuestos a echar el diente a cualquiera que osara acercarse demasiado.
Pobres peces payaso, pensé. El resto de compañeros de su especie se reparten la atención por todo el Mar Rojo, pero estos dos, instalados en una anémona tan especial, recibían un volumen de miradas a diario agobiante. Es posible que ya estuvieran acostumbrados a las visitas, pensé.
Y en esas estaba yo, pensando en el estrés de los pobres peces, cuando de repente escuché a Mark gritar como un desalmado.
¿Que si se puede gritar bajo el agua? Pues claro. Y más cuando acaba de pasar por detrás de ti un tiburón martillo.
Cuando me di cuenta estaba aleteando tras el guía, buscando al escualo que me faltaba para mi colección de tiburones vistos por los mares del mundo. Un martillo es un martillo. Y maldije mi poca destreza para encontrar bichos allí abajo.
Eso hay que admitirlo: hay personas que debajo del agua huelen a los peces. Los intuyen. Ya puedes nadar tú a su lado, a la misma distancia, y que te señalen con entusiasmo un bicho, que tú terminas haciendo ver que ves lo que te indican cuando, en realidad, no has visto absolutamente nada.
Debajo del agua los sentimientos también se magnifican. Y las relaciones personales.
Durante un vida a bordo madrugas, buceas, desayunas, duermes; buceas, comes, duermes la siesta, buceas; meriendas, buceas la nocturna, cenas y duermes. Y vuelta a empezar al día siguiente. No hay tiempo para nada más. Ni hace falta nada más. Y en ese contexto, tu binomio en el agua se convierte en tu seguro de vida. En todos los briefings se recuerda que la distancia entre ambos en el agua debe permitir que, ante una urgencia, el compañero tenga tiempo de llegar de llegar y socorrer al otro buceador. Hay que mirarse cada poco tiempo, mantener el contacto visual y nunca perderse de vista. Donde va uno, va el otro. Y si uno se detiene, el otro espera. Es una ley sagrada debajo del agua.
Pues allí estábamos, el grupo y servidora pegada a su binomio, Albert Ferrer, alias Chapis, aleteando tras la estela de Mark en busca del tiburón martillo que se esfumó al cuarto aletazo.
Hay animales que bajo el agua reconoces antes incluso de terminar de verlos. La silueta de un tiburón martillo es una de ellas. Esa cabeza inconfundible, la enorme aleta dorsal y una manera de desplazarse que hace que nuestros esfuerzos con las aletas resulten bastante ridículos.
El primer martillo del viaje había pasado a pocos metros mientras nosotros estábamos embobados mirando una anémona que, ciertamente, merecía toda nuestra atención.
Por la tarde decidimos hacer las cosas al revés. Esta vez iríamos nosotros a buscarlo.
Nos desplazamos hasta Jackson Reef y el plan estaba claro: abandonar la protección del arrecife y salir al azul, donde los martillos pueden aparecer patrullando las aguas abiertas.
Y el azul impone.
No hay coral. No hay pared. No hay fondo que puedas ver. Solo agua. Azul delante, azul debajo y azul a los lados. Las únicas referencias son tu compañero, el ordenador de buceo y las aletas del guía.
Así que nos fuimos hacia allí. A buscar una silueta en mitad de la inmensidad.
Avanzábamos mirando al frente, hacia abajo, a los lados. Esperando que en algún momento apareciera aquello que habíamos ido a buscar. Porque buscar un tiburón en el azul tiene bastante de acto de fe.
Y entonces apareció el segundo martillo. Solo que no estaba donde lo estábamos buscando. Mientras nosotros escudriñábamos el azul, el tiburón pasó por delante, pegado al arrecife.
Otra vez.
Nos giramos para seguirlo con la mirada. Durante unos instantes volvió a regalarnos su presencia y después continuó su camino hasta desaparecer.
Dos inmersiones. Dos tiburones martillo.
Al primero lo encontramos sin buscarlo. Para encontrar al segundo salimos expresamente al azul y apareció junto al arrecife.
Durante estos días hemos flotado sobre arrecifes llenos de vida, entrado en las entrañas de un barco hundido durante la Segunda Guerra Mundial, atravesado un banco de peces murciélago, jugado con una veintena de delfines salvajes, babeado ante los peces payaso, a cuál más bonito, y saltado al azul en busca de tiburones martillo.
Nada estaba garantizado. Quizás por eso seguimos buceando. Porque el mar nunca promete nada. Pero cuando quiere, te lo regala casi todo. De ahí, el mensaje final de este diario a bordo. Solo tenemos uno, y es nuestra obligación cuidarlo y preservarlo.
Hasta la próxima.
Nos vemos en el azul.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.