La reciente polémica alrededor del chef René Redzepi ha vuelto a abrir un debate incómodo. Durante décadas, amplios ámbitos profesionales funcionaron bajo códigos casi militares: jornadas interminables, presión extrema, inexistentes remuneraciones e, incluso, malos tratos. Todo justificado en nombre de un objetivo superior: la excelencia. Fue un argumento no exclusivo de la gastronomía, lo han utilizado desde el deporte hasta la industria musical, pasando por la ciencia. Entrenadores autoritarios, productores tiránicos o líderes carismáticos cuyo comportamiento se toleraba porque un objetivo público y noble –una estrella, una medalla, un Grammy o un Nobel– parecía blanquearlo. Lo que fue considerado disciplina hoy es percibido como exceso. Y lo que antes se justificaba ahora se examina bajo un prisma moral opuesto.
Por suerte, las sociedades evolucionan, y con ellas cambian los límites de lo tolerable. La historia está llena de ejemplos. Durante siglos, el castigo físico en la educación se consideró pedagógico. Empresarialmente, el autoritarismo era visto como liderazgo visionario. Quienes transitan en momentos de cambio suelen vivir a contrapié. Actuar con el piloto automático es un mal principio rector en situaciones cotidianas. El ser humano es rehén de las normas de su época. Somos, en gran medida, replicantes culturales: reproducimos las formas que hemos aprendido. Las jerarquías que hemos vivido. Los métodos que hemos visto aplicar.
El comportamiento forma parte del contexto, pero no puede ser la excusa para determinar nuestra conducta
Pero a diferencia de los replicantes de Blade Runner, nosotros sí tenemos elección. El comportamiento forma parte del contexto, pero no puede ser la excusa para determinar nuestra conducta.
El problema aparece cuando el objetivo se convierte en coartada. Cuando la excelencia, el éxito o el rendimiento empiezan a justificar cualquier patrón. Ahí es donde tú mismo debes ser capaz de entender que el cambio empieza por ti. El resultado nunca puede legitimar el proceso.
La evolución moral de las sociedades es, en general, una gran noticia, dado que elevamos nuestros estándares de convivencia. Aquello que antes tolerábamos hoy nos parece inaceptable. Pero también exige una dosis de comprensión histórica. Las personas son, en parte, esclavas de la forma en que aprendieron a hacer las cosas. La tarea colectiva consiste en algo más complejo que señalar culpables: entender los parámetros con que evolucionar. Siempre podemos decidir hacerlo mejor.
Redzepi hablaba de que los chefs tenían una oportunidad para cambiar el mundo; él, involuntariamente, ha definido un nuevo camino en la gastronomía.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.