La mayor parte de mi familia se murió antes de tiempo por querer caer bien al médico. No molestar, acortar las consultas, aligerar las listas de espera, decir que no había para tanto, obviar dolencias, que tenga buen día, doctor y ya, en genuflexión carolingia, preguntar si dejamos la puerta abierta o cerrada. Empatía, sumisión o, quizá, complejo de clase.
De adolescente tuve novia y cuatro dioptrías. Cuando acudía a la óptica, lo hacía con mi madre, loca por agradar a médicos, brujos y, ya puestos, ópticos. Las pruebas consistían en distinguir, proyectados, letras y números en filas de mayor a menor tamaño. Para no disgustar al óptico y por vergüenza de lo que, para ella, era un examen, acababa por chivarme letras y números de las últimas filas. Si el óptico sospechaba, ella me hacía gestos con la mano, letra e para abajo o para arriba, izquierda o derecha. Nunca estuvieron bien graduadas las gafas, pero una sonrisa de óptico no nos faltó.
Como hay más pacientes detrás y retraso, explicamos lo que nos duele en formato haiku
La forma en que morimos prematuramente es pedir hora en la consulta médica. Acudir puntuales. Esperar horas y cuando sale ese ángel del paraíso diciendo nuestro nombre, de agradecidos, ya no sentimos los males que nos trajeron hasta allí. Si fuimos cojos, ya andamos. Si éramos ciegos, vemos. Te pregunta el médico: ¿qué tal? Y siempre decimos que bien y aquello parece ser Faemino y Cansado. Como hay más pacientes detrás y retraso, explicamos lo que nos duele en formato haiku. Lo que dolía molesta. El insomnio es ahora “nos cuesta dormir”. Omitimos dolor, pistas, señales del cuerpo solo para que el doctor no se preocupe, no se esfuerce, no sepa que no sabe. No queremos que pierda el tiempo con nosotros, que no nos derive a nadie, ya pedimos nosotros el análisis de sangre. Lo único que queremos es que acabe las visitas y se vaya a casa con su marido, sus hijos y su perro Hipócrates, todos sanos, todos con sus dioptrías adecuadas.
Si nos ingresan, buscamos que nos den el alta incluso mientras nos operan. No aullamos en la noche, no reclamamos cena o desayuno. Aceptamos cuña, ronquidos y ventosidades de compañero, inyecciones y sopas sin sal y todo por una sonrisa, por caerle bien al médico y las enfermeras. Sin heces ni vómitos. Para que, ya en casa, puedan decir “se ha muerto un paciente majísimo”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.