Hay noches, todas, en que la ciudad abdica. Se convierte en un vertedero moral con luces de neón, despedidas de solteros o de casadas y jaleos que a menudo acaban a hostias.
A las once (esa hora en la que ya no deberíamos ni poner la lavadora) el silencio jamás encuentra su espacio y el bullicio se reparte en colas a veces (muy) escatológicas. Las hacen los que van a entrar en el bar o los que salen de ahí con ansia viva porque les urge fumar en portales ajenos. Las hay frente al súper que no cierra aunque ya vaya siendo hora. Y las hay también frente a los contenedores de basura donde nadie va a tirar botellas, pizzas, vasos, paquetes o vápers... (¿dónde quedó la guerra al plástico y al tabaco?), que para eso ya tienen toda la acera y un carril de bici entero, sino a hacer sus necesidades.
Lo han leído bien. Sí. Hacen cola para mear en los contenedores. O cambiarse el tampón. O soltar condones. O a deshacerse de lo que ya no son precisamente aguas menores. Y a vomitar (si pueden aguantar las arcadas cuando la cola es muy larga) porque no es plan hacerlo en el árbol. Y al día siguiente, festival para gaviotas y moscas. Orinan, o lo que sea, ellos y ellas (pero más ellos que ellas) sin prisa y sin vergüenza. Por mucho que transiten la indecencia nadie se sonroja. Y menos se disculpa. Noche tras noche. Desde hace demasiados años ya no hay fiesta para la fiesta ni espacio para la vergüenza. Los vecinos están que trinan.
Hacen cola tras los contenedores de basura para orinar, vomitar o lo que sea
Lo curioso es que esa palabra antigua, vergüenza, que parece haber sido retirada del diccionario junto con otras incomodidades del pasado, ha sido la elegida para la fracasada campaña municipal que quiere corregir lo que tantos no aprendieron ni en casa ni en las aulas. La cruzada del “Poca vergonya” quería sacudir conciencias, pero no tira porque la vergüenza ha dejado de ser un regulador para cualquiera, tenga la edad que tenga. Los sinvergüenzas son muchos, un ejército intergeneracional de caraduras. Padres e hijos (y a veces abuelos) dispuestos a reescribir su palimpsesto de incivismo noche tras noche, ya se ha dicho, aprovechando que ahora la fiesta es la norma y la responsabilidad y la vergüenza, anomalía de las raras.
Guy Debord ya advirtió que en la sociedad del espectáculo la transgresión se prioriza. Vaya, que nada mejor que pasarse mucho de la raya.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.