Mientras en el Liceu, Christof Loy nos propone un joven Werther en la emocionante interpretación de Xabier Anduaga, en el Tribunal Supremo, un viejo Werther también actuaba. El primer Werther ama a Charlotte y se quita de en medio, mientras José Luis Ábalos dice, quizás, la verdad que necesita sustraer del escarnio: su amor por Jéssica. El joven Werther disculpa de su suicidio a Charlotte, casada con otro, atada a la promesa de una madre muerta. Ábalos, nuestro viejo Werther, disculpa de sus declaraciones, de las mentiras que –según él, coaccionada– ha tenido que decir su amada para defenderse. Jéssica era una dentista sin trabajo, quizás enamorada. Werther la redime: no importa que mientas si así te salvas. Es mucho más generoso que el Werther de Anduaga.
El amor del joven Werther deslumbra, pero, al mismo tiempo, repugna. Es egoísta, exagerado, adicto y destructivo. En cambio, el amor del viejo Werther, más allá de sus delitos, faltas y vicios, tiene algo que, al enunciarlo, se eleva por encima de lo que allí se juzgaba. El “yo tenía una relación sentimental con Jéssica” dicho en aquella sala del Supremo, sentados en aquellos bancos de madera aquellos señores y señoras con sus togas y sus caras severas, sus pliegos de preguntas y repreguntas, corbatas, notas de audio, extractos bancarios, pisos alquilados, prostitución, escritos de conclusiones, billetes y chistorras, se elevó como una verdad tan pequeña como pura, que el gran corruptor no quiso que nadie manchara. Lo que fue, el amor que sintieron la dentista enamorada y él, en un piso que alguien pagaba, cobrando de un trabajo que no se ejercía, no es objeto de prueba. No es opinable: fue.
El verdadero dolor radica en la traición de Jéssica, que Ábalos perdona, pero no deja de doler
Anduaga sale al escenario malherido, cae, se levanta, canta, se vuelve a caer, canta, se está muriendo y cantando todo el tercer y cuarto acto de la ópera de Jules Massenet. El otro, el viejo Werther, es más breve. Declara, ríe, puntualiza, se contradice y desdice, se pierde y se encuentra.
Su muerte ya es civil, pero el verdadero dolor radica en la traición de Jéssica, que entiende y perdona, pero no deja de doler. Ábalos no va a matarse porque no le resulta insoportable vivir. Cree que puede resistir la melancolía de la cárcel y del amor que sabe que existe porque un día lo tuvo, sin mascarilla ni comisión.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.