Prestar atención es el superpoder más grande. Ya no todo el mundo es capaz de hacerlo”. Desde que le leí esto de la escritora Samanta Schweblin, que se lo dijo en una entrevista al periodista Álex Vicente en El País, no paro de pensar en mi propia y mermada atención como un bien preciado, como un valor oro que no puedo ir despilfarrando.
Hay temas enteros, polémicas, ruidos, a los que no me apetece regalar mi atención. Bastante me cuesta preservarla de todos los estímulos que pelean por distraerme. Practiqué esta nueva modalidad de huelga la semana pasada con una cuestión menor: me negué a ver ni una sola foto, ni galería ni post sobre la gala del Met, ya saben, ese evento que se celebra el primer lunes de mayo en el que las celebrities se ponen looks osados, con la vaga excusa de recaudar fondos para el ala de moda del museo Metropolitan de Nueva York. Los Bezos, Jeff y Lauren, han comprado ese evento, que siempre dio un poco de grima, y nos han permitido ver con más claridad el absurdo de todo el conjunto. Es lo que tienen los nuevos oligarcas. Son tan zafios y descarados que no dejan lugar a las medias tintas. De allá donde estén ellos, hay que huir.
Intento ignorar siempre la tentación de las provocaciones de Díaz Ayuso
Los lectores habituales de este espacio recordarán que llevo años peleando, como quien se sacude una adicción, con la cantidad de caso que puedo permitirme hacerle a Isabel Díaz Ayuso. Intento practicar la más rigurosa disciplina, ignorar siempre la tentación de sus provocaciones, y no traerlas jamás a esta columna. Pero la recaída es parte del camino de la rehabilitación y no me duele confesar que, en ocasiones, he pecado.
Aprendo de mis mejores. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, tenía la suerte, hasta hace unos días, de vivir en un universo cognitivo libre de IDA, pero la intrépida presidenta de la Comunidad de Madrid se le ha plantado en el Zócalo pidiendo misas a Hernán Cortés y hablando de las malinches del metro de Madrid. Sheinbaum respondió con la medida perfecta de ninguneo y desprecio. “¿A qué la traen?”, se preguntó, apuntando a la red de ultraderecha que tiene a Ayuso como mascota. Y luego invitó a su balcón presidencial a unos líderes populares de bastante más peso, los miembros de la banda de K-pop BTS. Eso es economía de la atención.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.