Hubo un tiempo, no tan lejano, en que un padre podía encender un cigarrillo en el coche mientras viajaba, con las ventanillas cerradas, durante horas con toda su familia. Nadie se sorprendía. Tampoco resultaba extraño fumar en la cama antes de dormirse; por no hablar del médico que nos atendía en su consulta fumando un cigarrillo.
Hoy contemplamos aquellas escenas como si pertenecieran a una sociedad remota. No solo nos parecen insalubres, nos parecen inconcebibles, casi distópicas. Cuesta entender que esa conducta pudiera formar parte de nuestra pasada normalidad cotidiana.
Lo interesante no es únicamente que hayamos dejado de fumar en determinados espacios. Lo más revelador es que, algunos, hemos dejado de comprender cómo pudimos hacerlo. Incluso algunos fumadores, hoy, lo entienden. La transformación profunda de una sociedad se produce cuando un hábito no solo desaparece, sino que deja de parecernos razonable.
Durante décadas, el tabaco estuvo asociado a la libertad, la sofisticación, la madurez y hasta el éxito profesional. Los actores fumaban, los políticos fumaban, los médicos fumaban, porque el cigarrillo era un complemento narrativo: era utilizado para pensar, seducir o cerrar un acuerdo. La industria no vendía nicotina, vendía identidad.
La transformación profunda de una sociedad se produce cuando un hábito desaparece y deja de parecernos razonable
Después llegaron la evidencia científica, los impuestos, la regulación y las campañas de concienciación. Los nacidos tras todo eso hoy no logran comprender que la sociedad pudiera tolerarlo. Nada tan contundente como nacer tras un cambio cultural, para entenderlo como la normalidad. La ley expulsó el humo de los restaurantes; la sociedad, tras meses de tensión y años de controversia, terminó expulsándolo del imaginario de lo aceptable.
El tabaco no es más que un ejemplo que nos obliga a preguntarnos qué comportamientos actuales serán observados dentro de treinta años con la misma incredulidad con que hoy percibimos el acto de fumar. Quizá nuestra relación con el móvil, la alimentación ultraprocesada, el desperdicio energético o la incapacidad de desconectar del trabajo.
Cada época se cree más razonable que las anteriores porque juzga sus hábitos desde un nuevo marco que le permite transformar la sociedad. La perspectiva llega después, porque descubrimos que aquello que llamábamos normalidad era, en ocasiones, simple inconsciencia. En resumen, una sociedad realmente cambia cuando comienza a estar avergonzada no de haber prohibido una costumbre, sino de haberla considerado normal.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.