Sea cual sea el escándalo, el accidente o la crisis, sea cual sea la ideología del gobierno que debería dar explicaciones, el lenguaje político se impone como un recurso más anestésico que quirúrgico. Tras encadenar las crisis de los socavones de Barcelona y Montcada, el agujero negro de la DGAIA y la exclusión de Catalunya del informe PISA (por no hablar de Rodalies), la retórica oficial sigue siendo decepcionante. No es un vicio exclusivo de un partido. Es una estrategia para ganar tiempo y torear la verdad con una verborrea que tiene los mismos efectos que el silencio administrativo.
Una de las primeras medidas de este protocolo: comparecer para dar explicaciones. Pero este “dar explicaciones” suele ser abstruso y pospone las decisiones con maniobras que se repiten no solo aquí sino en todo el mundo. La consellera, el ministro o el concejal comparecen para, rodeados de rostros circunspectos (sospecho que hay empresas que se dedican a alquilar figurantes compungidos como guarnición del discurso principal), anunciar que “estudiarán el caso”, “crearán una comisión”, “reforzarán los controles”, “abrirán diligencias”, “tomarán medidas” y “depurarán responsabilidades”.
Por curiosidad, ¿alguna vez se ha cerrado una diligencia previamente abierta?
Articulado así, el discurso funciona, pero si somos capaces de no dejarnos engatusar, podemos preguntarnos: ¿deben estudiar el caso porque no lo habían estudiado lo suficiente? ¿Tienen que crear una comisión porque la planificación era deficiente? Si se reforzarán los controles, ¿significa que no funcionaban y han permitido la enésima emergencia de una incompetencia impune? Y, por curiosidad, ¿alguna vez se ha cerrado una diligencia previamente abierta?
En todos los ámbitos del servicio público todo el mundo entiende que haya accidentes e incluso tragedias. Precisamente por eso, las explicaciones, incluso cuando no hay bastante información y se necesita un margen de investigación, deberían evitar los artificios cargados de lugares comunes como el comodín del “error técnico”. De hecho, cuando en los incendios o episodios como la pandemia se ha confiado en los técnicos como portavoces (bomberos, epidemiólogos), el discurso ha sido más adulto, directo, responsable y preciso que la retórica del pánico mediático, que, demasiadas veces, perjudica la credibilidad de los políticos en particular y de la política en general.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.