El azar ha querido que, coincidiendo con la tragedia de Ceuta, el presidente Pedro Sánchez haya hecho pública una PlayList como recomendación de verano. Hacer recomendaciones (libros, música) forma parte de una estrategia que confirma que, como otros personajes públicos, Sánchez ha sucumbido a la adictiva oferta de las redes. Sus detractores le han saltado a la yugular, escandalizados por esta inoportuna coincidencia. La lista incluye artistas catalanes como Minibús intergal·làctic o Sílvia Pérez Cruz. Hace años que las PlayList son un género mediático, la evolución de aquellos programas enlatados para ser emitidos durante las vacaciones y uno de los potentísimos altavoces de la plataforma que gestiona este monopolio.
¿Qué interés tienen las canciones que le gustan a Sánchez? El mismo que saber qué libros ha leído. Es un relleno intranscendente que, en este caso, indigna por la torpeza de los community manager, incapaces de coordinarse con la realidad. No analizaré las canciones: la mayoría nunca las había escuchado. Pero la tentación de buscar qué músicas les gustaban a grandes figuras de la política es fuerte. Hitler tenía debilidad por la grandilocuencia pangermánica de Wagner.
A Stalin le pirraban las canciones populares georgianas y un concierto para piano de Mozart. A Mussolini le encantaba el jazz, que consideraba la música del futuro. ¿Y a Franco? Carmen Sevilla, Juanito Valderrama y Raphael. Son, por supuesto, políticos de biografía totalitaria. Acercándonos a realidades más justas y democráticas, al president Pasqual Maragall le gustan la música clásica, el jazz y las sardanas. Y el presidente Pere Aragonès también publicó su PlayList con Joan Dausà, Ginestà y Dr. Calypso. Será, digo yo, una tradición ancestral.
La presencia en las redes de personajes públicos también tiene sus riesgos
Cuando desmonté el piso de mi madre, sacrifiqué decenas de libros y discos, algunos con portadas escritas en ruso. Estaba a punto de tirar una caja de discos con inscripciones en cirílico hasta que, por suerte, mi hermano me la tradujo: Las canciones que le gustaban a Lenin . Creo que al final se la quedó él –que sabe ruso– y me contó que de esa selección lo más relevante era la Appassionata de Beethoven, que, según la leyenda, Beethoven compuso cuando ya veía que el proceso de sordera era, como las metidas de pata en las redes sociales, irreversible.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.