La mayoría de los colores entran en tu vida clamando su nombre. El rojo chilla sin problemas de autoestima con su voz vestida de incendio. El negro contiene la noche, el carbón, la tinta y el espacio entre las estrellas en su paso elegante, que no siempre puede esquivar el duelo. El blanco es siempre bienvenido, tan puro y pálido, hasta que en un azote de acero acaba por perder su pretendida inocencia. El violeta nos engatusa con sus modales de aristócrata y sus dudas de poeta. El amarillo nos engaña con sus promesas de optimismo aunque sabemos que es muy capaz de dejarnos a oscuras. Al azul lo acogemos como promesa de calma y le permitimos muchas veces que acabe en tormenta. Y al verde le compramos sus dosis de esperanza sabiendo que suele llegar con barro en los zapatos. Que no promete milagros, sino estaciones. Y que a veces pierde todas las hojas y espera hasta que por fin puede (y quiere) volver a empezar de cero.
Pero luego hay un color, no apto para impacientes, que hay que mirar dos veces. No es azul. Tampoco es verde. Es verdeazul. El color de las aguas profundas, de los olivos cuando cae la tarde y del horizonte que duda si irse con el mar o a por el cielo. Es el color que nos persigue en verano. Que chilla en el reflejo de una taza, en la sombra húmeda de un charco recién llenado de lluvia. Está en los ojos de un desconocido que parecía recordar algo que nunca ha vivido. Es el color insistente de la naturaleza cuando conspira para demostrar que los catálogos de pintura son solo un engaño memorable.
Está en las persianas de Cadaqués, en los ojos de un pato y en el alma del verano eterno
Está en las persianas más vetustas de Cadaqués. En las contraventanas de la Provenza y en los mares brillantes que encharcaron el talento de Matisse. Es el vidrio líquido que pintaron Monet y Sorolla y el océano en su colección de momentos maestros. Es la teoría de la felicidad que Hockney retrató en sus piscinas californianas y sobre todo un color sin género con que nadie se pone de acuerdo.
Los italianos lo llaman verde acqua. Los franceses, vert d’eau. Los ingleses inventaron teal y los japoneses siguen con su ao confuso, que designó durante siglos tanto el azul como el verde (sus semáforos son oficialmente verdes y lingüísticamente azules). Y luego está el xarxet que preferimos los catalanes en honor del bello antifaz que luce el más pequeño pato europeo. Brillante y profundo. Ni verde ni azul. Verdeazul. El color del verano eterno.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.