Quizá tú también fuiste un cruzado de la comprensión. Si un niño convertía un restaurante en un corredor de atletismo, sonreías con indulgencia. Está descubriendo el mundo, te decías. Si un bebé lloraba en el tren durante las tres horas y media que duraba el trayecto, suspirabas con solidaridad. Pobres padres, murmurabas recordando que tú también llevaste la mochila llena de pañales, biberones mal cerrados, toallitas, chupetes, galletas aplastadas y toda la dignidad perdida. Pero tarde o temprano llega ese momento en que no puedes más. Es que ya tienes más que suficiente. Ya basta.
Tus hijos ya son mayores y, como los calcetines, van desapareciendo de tu día a día sin ninguna explicación convincente. Es entonces cuando comienzas a comprender (y a buscar con ansia viva) ciertos carteles. Zona de silencio. Hotel only adults . Vagones y restaurantes sin niños. Es tu pasaporte al paraíso redactado con un lenguaje maestro que, aunque ofende a muchos, no insulta a nadie. No prohíbe nada. Se limita a sugerir que existe un lugar donde nadie está aprendiendo a tocar la flauta dulce, ni chilla, ni corretea sobre tu toalla. No tiene nada de discriminatorio.
Más que aversión a la infancia, lo nuestro es un nuevo y desmedido amor al silencio
No somos niñofóbicos. No odiamos a los niños. Dios nos libre de semejante esfuerzo. Odiar exige una energía que, ya con nuestros hijos crecidos y en edad de votar o casi, preferimos invertir en dormir ocho horas y terminar un café antes de que se enfríe. En descubrir que un vagón silencioso vale más que una suite presidencial (una ya no aspira a la felicidad, solo se conforma con que no pataleen su asiento) y que el verdadero lujo de un hotel de eso, de lujo, no es ni su spa gigante ni sus sábanas de algodón egipcio, sino desayunar sin que nadie aporree la cuchara contra el vaso para testar las leyes acústicas o pregunte diecisiete veces por qué las aceitunas tienen hueso.
Ni somos niñofóbicos ni hemos olvidado de qué va la vida. Al revés. Lo recordamos perfectamente. Si reservamos esos lugares sin niños, no es por aversión a la infancia, sino por nuestro nuevo y desmedido amor al silencio, conquistado después de años de negociar con esos “monstruos bajitos” que por fin ya están de vuelta al cole. Felices padres. Pobres abuelos. Pobres maestros.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.