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Opinión
Josep Martí Blanch
Columnista

El sueño escolar ya es una pesadilla

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Actualizado hace 23 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Aprender y recuperar la salud cuando se ha perdido, sea cual sea la cuna adjudicada en la lotería del nacer.
  • 02No hay mayor hazaña del Estado de bienestar.
  • 03Pero sin estos pilares, hablar de igualdad de oportunidades y progreso no es más que cháchara vacía.
  • 04La escuela no necesita reformas, sino una contrarreforma.

Educación y sanidad. Que te enseñen y que te curen. Aprender y recuperar la salud cuando se ha perdido, sea cual sea la cuna adjudicada en la lotería del nacer. No hay mayor hazaña del Estado de bienestar. No basta con ello. Pero sin estos pilares, hablar de igualdad de oportunidades y progreso no es más que cháchara vacía. Parloteo burlesco y ofensivo. La escuela no necesita reformas, sino una contrarreforma. Y no van a propiciarla quienes llevan décadas empujándola por el tobogán de la degradación. Los cómplices de la política más regresiva y elitista, la que condena a seguir en la ignorancia a quien tiene en la escuela el único pasaporte de acceso al conocimiento, van a seguir en sus trece.

 
Ismael Herrero / Efe

La escuela del presente es fruto de un equívoco. Lo que algunos creyeron sueño y que con el tiempo devino pesadilla. Gentes convencidas de que el encargo social que recibían planificando la política educativa, o influyendo en ella, no era asegurar la eficaz transmisión de conocimiento, sino cambiar el mundo desde la lógica roussoniana que impele a construir de cero ciudadanos nuevos.

Todo lo basaron en condicionales. Si no frustramos al niño, si lo dejamos expresar, si dejamos de someterlo a la autoridad del adulto, si lo liberamos de las obligaciones y en lugar de esfuerzo permitimos el afloramiento de sus capacidades innatas, si más que contenidos le enseñamos competencias, etcétera. De cumplirse esas condiciones, y muchas más, ese niño, de adulto, será un ciudadano distinto y mejor. No tendrá heridas que restañar. Será feliz. Y siéndolo, actuará como un ser de luz que mejorará el mundo y la especie en todos los sentidos.

Bastaría con que dejaran de soñar con hombres y mujeres nuevos y que en las aulas se enseñe y se aprenda

Había que cambiarlo todo. Destruir para construir. Que nada quedara en pie. Experimentar sin tregua. No ahorrar esfuerzos en la búsqueda de la fórmula perfecta para fabricar ciudadanos sin tara. Que el niño fluya por competencias, que no lea si no quiere, que no se esfuerce si no le apetece, que esté en el aula aunque no sepa ni papa del idioma. Que aprenda a aprender aunque no aprenda nada. Para cuando se encendieron las señales de alarma, los promotores del desaguisado tenían su excusa reina preparada: son buenas ideas, solo faltan recursos. Y prescribieron dos tazas del mismo caldo. Luego tres, cuatro... Y ahí siguen, en la cocina preparando más brebaje envenenado. Ni un paso atrás, aunque por delante solo quede ya saltar al precipicio.

Se le pidió a la escuela lo imposible. Que sustituyera a la familia, que fuera inclusiva sin atender ni al interés del grupo ni al del niño teóricamente beneficiado, que actuara de correa de transmisión de las verdades coyunturales dictadas por la hegemonía política. Que siguiera la moda, en definitiva. Todo ello, en nombre del espíritu crítico. ¿Qué espíritu crítico ni qué niño muerto, con generaciones que no comprenden un texto de complejidad media que supere las 400 palabras?

El empeño ha dado sus frutos. ¿Igualdad? Sí. Pero la más cómoda y perjudicial de ellas, la que iguala por el nivel más bajo. ¿Fracaso y abandono escolar? ¡Que pasen todos de curso! ¿Inclusión? ¡Toda, a costa de rebajar los resultados y condenar a los alumnos que podrían sobresalir y a los que necesitan plazas en centros de educación especial! De victoria en victoria hasta la derrota final.

Los que más han dañado a la escuela se defenderán para seguir haciéndolo. Seguirán ridiculizando a quienes no comulgan con ruedas de molino. ¿Acaso creéis que lo que toca es volver a la lógica de que la letra con sangre entra? ¿De verdad pensáis que la escuela puede dar la espalda a la sociedad del presente? ¡No sois más que idólatras de un pasado luminoso que solo existe en vuestra cabeza! Y de nuevo: ¡Las ideas son buenas, solo faltan recursos!

Lo cierto es que nos conformamos con menos. Nos bastaría con que dejaran de soñar con hombres y mujeres nuevos, pues no es su trabajo construirlos. Sí lo es dedicar todo su empeño a garantizar que en las aulas se enseñe y se aprenda, cuanto más, mejor. Esa será su aportación más valiosa. No para que otro mundo sea posible. Pero sí para que sea mejor la vida de los adultos del mañana. Y también para que los profesores puedan recuperar su trabajo. Ni asistentes sociales, ni gestores de emociones, ni sustitutos de padres y madres ausentes, ni ideólogos de cualquier ismo de moda. Profesores y maestros. Gente que enseña e instruye. Con eso nos bastaría.

Josep Martí Blanch
Josep Martí Blanch
Columnista

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.