A los ocho años salíamos al recreo como quien escapa de una dictadura. Sin plan. Con la mínima supervisión de unas monjas tan veteranas que ya ni recordaban en qué momento dejaron de creer en los milagros y con veinte minutos para delinquir con nuestro uniforme de falda plisada en azul noche y la camisa en blanco definitivamente roto. No necesitábamos juguetes táctiles ni pantallas móviles. Ni sabíamos ni intuíamos qué era eso en ese mundo salvaje de los ochenta que nos solía dar mucho más de lo que pedíamos.
En nuestra versión a lo bestia de lo que ahora llaman el balón prisionero, una pelota servía para matar y aunque no mataba del todo sí partía una media de tres brazos por temporada. Cualquier palo podía ser espada, caballo, cetro o fusil. Una cuerda establecía fronteras internacionales más seguras que la de Ceuta. Y con diez cromos fundábamos nuestros primeros negocios. Se apostaban, se perdían, se ganaban, se recuperaban, se heredaban... se robaban. Bastaba un golpe seco con la palma de la mano para que la mejor colección privada cambiara de propietaria. No hablábamos de inflación pero descubrimos lo que era arruinarse.
Ahora en los patios de las escuelas se juega otra liga que por lo general nace en las redes
Jugábamos a polis y a cacos. A indios y a vaqueros. Y ¡a moros y cristianos! Al pañuelo. A la goma. A la comba. Al escondite y a la carrasca. Y luego estaba el churro, media manga, mangotero, una idea que hoy pronunciada en voz alta ante un adulto responsable convocaría a varios departamentos ministeriales. Unas niñas se doblaban dibujando un largo potro humano contra la pared y las otras saltaban encima para remontar la fila hasta el final dejándose, si hacía falta, los dientes en la valla o en el suelo. Para la que se quejaba había una respuesta universal. No seas repipi. Pura medicina preventiva.
Ahora hasta en los patios de las escuelas que todavía no han prohibido el fútbol (alguien decidió que fomentaba la desigualdad y de paso se evitó unas cuantas visitas a urgencias) se juega otra liga que por lo general nace en las redes. Bailes de TikTok. Emotes del Fortnite y challenges han cambiado el escenario. No sé si es mejor o peor, pero sí que nuestra infancia tuvo una ventaja formidable y es que no existían esos tutoriales que igualan incluso a quienes nunca han llevado uniforme. Si querías jugar, tenías que inventarte las reglas, discutirlas, hacer trampas, negarlas y finalmente seguir jugando. No necesitábamos que nadie nos entretuviera ni que nos dictara qué toca hacer a cada momento. Nadie más que nosotras diseñábamos nuestros recreos a menos que la broma acabara en sangre. Nos bastaba la certeza razonable de que al día siguiente volveríamos a encontrarnos ahí. Y nos vengaríamos si hacía falta.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.