En política no es posible aceptar la herencia a título de inventario. No queda otra que apechugar con el legado recibido. Una vez ungido presidente, uno pasa a ser responsable de todo aquello que suceda a partir de entonces. Cierto que puede distraerse al público durante un tiempo insistiendo en la irresponsabilidad de los predecesores. Pero es un argumento de mecha corta. Como una bengala lanzada al cielo.
Así sucedió con Artur Mas cuando llegó a presidente a finales del 2010. Nada más sentarse en el despacho presidencial se las tuvo con el miura de una Generalitat técnicamente quebrada a la que se sumaron las exigencias de austeridad impuestas por Bruselas. De resultas, el ejecutivo acabado de nacer pasó a ser el de los recortes. El relato pedagógico para poner en contexto la dramática situación financiera de la Administración heredada sirvió de poco. ¿Gobiernas? ¡Apechuga! La necesidad de escapar del marco mental de las tijeras y los recortes fue una variable, aunque no la única, para explicar lo que vino después.
Salvando las distancias, no pocas, hay alguna que otra semejanza con el presente. Salvador Illa heredó hace escasamente dos años una administración inoperante, unos servicios públicos muy estresados, unas infraestructuras de movilidad colapsadas y una realidad demográfica que genera nuevas problemáticas sobre las que no hace falta insistir.
El ahora president prometió que con trabajo y gestión todas estas cosas mejorarían sustancialmente. Y siendo cierto que dos años son nada en un despacho, lo es también que en la calle es mucho tiempo. Así que ya no se atienden razones sobre responsabilidades pretéritas. ¿Quién manda aquí? ¿Illa? Pues para él los vituperios y la culpa.
Cuando las cosas empiezan a complicarse por el paso del tiempo y los errores propios, los gobiernos necesitan pausas de hidratación. Así que Salvador Illa nos regaló el pasado lunes una conferencia para levantar el ánimo. Y como dicta el protocolo de un evento de estas características cuando se celebra a media legislatura, el mensaje que se quería trasladar era el de aquel famoso Super Ratón del pasado: ¡Ya hemos hecho grandes cosas! Pero ¡No se vayan todavía, aún hay más!
El discurso político es poesía, pero la gestión se hace en prosa. La mala noticia para Salvador Illa es que ni siquiera en el mejor de los escenarios, esto es, acertando en las políticas –cosa que está por ver–, podrá recoger grandes frutos en el terreno de la gestión en el corto y medio plazo. Por centrarnos en una sola cuestión a título de ejemplo, puedes poner aire acondicionado en las escuelas, pero no cambiar sustancialmente la política educativa. Para lo segundo necesitas tiempo y un gobierno con fuertes apoyos parlamentarios que te permita abordar el conflicto que será inevitable si de verdad quieres cambiar las cosas. La política de hoy no proporciona ninguna de las dos cosas.
¿Quién manda aquí? ¿Illa? Pues para él los vituperios y la culpa
Estas cosas las saben los gobernantes. Como saben también que si la prosa de la gestión se hace bola y no hay manera de hacerla lucir, hay que probar con la rima del discurso, a poder ser consonante, que es la más lucida y la que se entiende mejor. Jugar otro partido: el de las emociones. Artur Mas, que también ganó las elecciones prometiendo reformas y mejor gestión que el tripartito, escapó del callejón sin salida de los recortes con el derecho a decidir.
Illa tiene en la confrontación con la ultraderecha un guion parecido para aliviar la presión sobre los resultados tangibles en el ámbito de los servicios públicos, que tardarán en llegar caso de hacerlo. De ahí que la sombra de la ultraderecha, y en particular la de Sílvia Orriols con sólo dos diputados, gane cada vez más protagonismo en el discurso presidencial. Con un hipotético triunfo de la derecha y la ultraderecha en España el marco estaría ya completo para poder plantear el dilema emocional al electorado: Illa, la democracia y la Catalunya inclusiva de siempre o el autoritarismo de los radicales.
No es mera táctica. Illa es un hombre comprometido con el humanismo y su preocupación por el ascenso de discursos a veces incompatibles con esta tradición es sincero. También lo fue el salto que dio Artur Mas del autonomismo al derecho a decidir. Sucede que se juntan el hambre con las ganas de comer. Lo que uno cree con lo que uno necesita. Sea para escapar de los recortes, sea para disimular la imposibilidad de alcanzar o acelerar las mejoras prometidas.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.