La oposición lleva meses, por no decir años, pidiendo a Pedro Sánchez que convoque elecciones y el presidente siempre había replicado que serían en 2027. El voto en contra de Junts al decreto Maricarmen le ha dado la coartada para adelantarlas. Pero unos pocos días atrás no era ésa la intención.
Hace un par de semanas, el escenario era aguantar hasta que escampara el malhumor por la gestión de Ceuta. El PP y Vox habían situado la inmigración y el patriotismo como ejes del debate público, así que todo aconsejaba esperar. Incluso con el desahucio y la movilización por el caso de Maricarmen, nada hacía prever un adelanto electoral porque Sánchez no esperaba que Junts tumbara el decreto que frenaba los desahucios y establecía medidas de protección de los inquilinos.
Hace menos de una semana Sánchez se inclinaba por no convocarlas todavía
Hasta el miércoles pasado el presidente era “razonablemente optimista”. Si acaso, en el momento en que dijo esa frase, en una rueda de prensa tras verse con Macron, añadió algo de prudencia, pero ni a él ni a su círculo más cercano le cabía en la cabeza que Junts votaría en contra el viernes. El presidente y sus ministros acudieron al Congreso pese a conocer desde la noche antes que asistirían a una derrota, para evidenciar su apuesta por la vivienda.
Tras sopesar pros y contras durante el fin de semana, Sánchez decidió convocar. Por supuesto, el cálculo electoral ha sido el decisivo. Hasta ahora no se había presentado ninguna otra posibilidad de dar un giro argumental a la campaña. Pero el presidente no estaba precisamente contento. No pensaba mover ficha ya.
En la decisión ha pesado también que se avecinan meses difíciles. La inflación va a seguir al alza y difícilmente las medidas para embridar esa situación van a contar con respaldo en un Congreso que ya huele a urnas. Tampoco era creíble presentar unos presupuestos con esperanzas de aprobarlos después del portazo de Junts. No había margen para negociar con el partido de Puigdemont: poco se les podía ofrecer y en la Moncloa poco esperan de ellos tras lo ocurrido.
La comparecencia de Sánchez para anunciar las elecciones ha sido el primer mitin, con los ingredientes que se repetirán en el menú hasta el 29 de noviembre. El plato principal es el que se ha venido cocinando desde hace tiempo, el de frenar a la ultraderecha. El lema del PSOE está planteado: “derecha o derechos”. Pero ayer Sánchez introdujo un aderezo.
La caída del decreto Maricarmen permite al presidente enhebrar un discurso contra “las élites” que ha empezado a esbozar. Ya no son solo los tecnooligarcas, sino otros intereses como los fondos buitre o los grandes tenedores de pisos, aunque la intención de la Moncloa no es enemistarse con los empresarios ni con el Ibex-35.
El reto para Sánchez es convencer a su electorado de que tiene más a ofrecer que lo plasmado en los últimos ocho años. Por eso, en su comparecencia se detuvo en recordar los logros del Gobierno, para lanzar la idea de que, aunque queden problemas por resolver, se ha avanzado mucho. El desgaste del Gobierno es el principal obstáculo para movilizar a la izquierda, requisito imprescindible si Sánchez quiere dar una batalla a la que, a dos meses de la cita, parte con notoria desventaja.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.