Los más pesimistas creen que en el centro de Barcelona todo está perdido. Bajas del metro en paseo de Gràcia un día entre semana cualquiera, es primavera, hace bueno, decides caminar un poco y buscas un sitio donde desayunar. Ya hay turistas que hacen cola delante de la Casa Batlló y huyes (pero, ¿esta gente no duerme?).
No buscas un desayuno de café con leche y bollería (si fuera artesana, darías brincos de felicidad), ni siquiera de bocadillo (encomendándote a todos los santos para que el pan sea como mínimo decente; ya no pides más). Y mucho menos un lugar de brunch como los que te encuentras cada doscientos metros, mientras bajas por Roger de Llúria (los turistas que aún no hacen cola en la Batlló desayunan cosas de colorines). Pero esto es Barcelona y buscas un esmorzar de forquilla.
El ‘esmorzador’ exigente encontrará en este local un oasis ante el barullo de locales de ‘brunch’ y panaderías franquiciadas
A pesar de lo que digan los pesimistas, en Barcelona hay varios centenares de lugares en los que es posible, porque –efectivamente– no todo está perdido. Y llegas casi a la plaza Urquinaona y en el número 6, está Casa Alfonso.
En este negocio, que lleva más de noventa años en manos de la misma familia, no hay colas. Las habrá, quizás, a mediodía –no hacen menú– y también por la noche. Ahora es “otra Casa Alfonso. Hay paz y tranquilidad. Un oasis”, explica Claudia García Cavero, cuarta generación al frente de este establecimiento, que lleva junto a su padre, el inquieto, renacentista e inclasificable Alfonso.
Desde hace seis meses, en Casa Alfonso han añadido a su oferta de desayunos de extraordinarios bocadillos (aquí no hay que sufrir por el pan, ni por nada, de hecho) una pequeña carta de esmorzar de forquilla, que funciona más como una lista de sugerencias que como otra cosa, pues Claudia advierte que “la cocina está abierta desde las 8 de la mañana, y para desayunar se puede pedir cualquier plato de la carta”. No es mal plan, se lo aseguro.
Pero como es entre semana –los fines de semana abren a mediodía, para el aperitivo– y tampoco hay que exagerar, si usted es un esmorzador exigente y con conocimiento de causa, encontrará contento y felicidad en estas sugerencias, entre las que podrá elegir un capipota con callos sabrosos y con el punto justo de picante, que también se ofrecen en formato tortilla abierta, al estilo de la tortilla de capipota de la Fonda Europa de Granollers. Muy recomendable también el bacallà a la llauna con unas judías del ganxet doblemente generosas, por abundantes y por ricas. Estas judías también acompañan a su butifarra de Calaf. O una pequeña extravagancia como el pie de cerdo rebozado, coronado con un huevo frito, en la enésima demostración de que la yema de huevo es la mejor salsa del mundo.
Una extravagancia que quizás lo es menos si tenemos en cuenta que, en La Cuynera Catalana (1835), el recetario más importante escrito en catalán -prefabriano- del siglo XIX, ya aparecen pies de cordero y de vaca, deshuesados y rebozados en huevo y pan rallado, o sea, a la milanesa. Quizás no sería mala idea que estos de Casa Alfonso también se deshuesaran.
Un día, tenemos que tener una conversación muy seria sobre las patatas fritas y que cada vez cueste más encontrarlas caseras de verdad. No es el caso que nos ocupa. Pocas, pero de verdad. Menos es más.
En Casa Alfonso “siempre hemos huido de las modas”, asegura Claudia, y aunque ahora el esmorzar de forquilla lo esté –y que dure–, los García sentían que los barceloneses no los consideraban “como un sitio para venir a desayunar”, algo más que un bocadillo.
Así las cosas, los más pesimistas ya tienen un motivo para dejar de serlo. Un día de primavera, ahora que aún no hace demasiado calor, acérquense a Casa Alfonso a esmorzar. Hacerlo es, además de comer muy bien, recuperar esa parte de la ciudad que también nos pertenece.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.