La Cereria Subirà lleva 264 años vendiendo velas. Es el negocio más antiguo de Barcelona que sigue abierto. Pero Pilar Subirà, la tercera generación de la familia que gestiona el establecimiento de la Baixada de la Llibreteria (Ciutat Vella) desde 1939, no tiene ningún interés en convertir esa longevidad en una bandera. “Intento no hacer un relato victimista en ningún momento –dice–. Los negocios son negocios”.
La historia de la cerería comienza cuando Jacint Galí hereda el negocio de su padre en 1761 y lo transforma en un obrador de cera en la calle Corders. Paulí Subirà, maestro cerero de Vic, llega a Barcelona y toma el relevo en la posguerra. El local donde se instalan no era originalmente una cerería: había sido diseñado en 1847 como tienda de ropa de lujo, La Argentina, y conserva una escalinata barroca que se bifurca y columnas flanqueadas por esculturas femeninas de grandes dimensiones.
El local había sido diseñado en 1847 como tienda de ropa de lujo y conserva una escalinata barroca
Para entender por qué la Cerería Subirà sigue abierta hay que entender para quién trabajaban los cereros durante siglos. “Hasta aproximadamente 1964, que es el año en que nací, y desde el siglo XIII, los cereros de cera trabajaban básicamente para la Iglesia”, explica Subirà. Los cereros de sebo, un gremio distinto, hacían las velas domésticas con grasas animales, vinculados a los carniceros. Los de cera estaban ligados a boticarios y especieros, y su principal cliente era la liturgia. Hasta que no hubo electricidad en Barcelona siempre hubo trabajo.
Dos veces en menos de un siglo, sin embargo, el negocio recibió dos sacudidas que podrían haber sido mortales. La primera, la electrificación de la ciudad, que volvió obsoleta la función iluminadora de la vela. La segunda, el concilio Vaticano II, que transformó los usos litúrgicos y desplomó el consumo eclesiástico. “Los cambios más importante fueron cuando llegó la electricidad y cuando se cambiaron las costumbres de la Iglesia –reafirma Subirà–. Entonces, el consumo de velas empezó a caer en picado”.
La respuesta del sector fue la reinvención. Un grupo de cereros entendió que o inventaban un nuevo mercado o cerraban. Así nacieron las velas figurativas, decorativas y aromáticas. Y apareció una generación –la de Pilar Subirà, por ejemplo– que quizá ya no había crecido con la simbología religiosa de la cera, pero que había visto velas desde el cine hasta la publicidad. “Mi padre decía que hay una vela para cada momento de la vida, pero lo decía en un sentido más religioso –explica Subirà–. Ahora todo eso ya no está, pero de forma más individual sí que vamos creando nuestros propios rituales”.
Hoy la Cereria Subirà es el principal proveedor de cirios de la Sagrada Família y un referente de la Iglesia católica y ortodoxa en Barcelona. Pero también vende a quien cena con una vela en la terraza, a quien medita, a quien quiere disipar el olor a fritanga o a quien simplemente quiere que su casa parezca un poco diferente. El concepto nórdico de embellecer el interior con pequeños gestos ha colonizado los hábitos de consumo. “Nos hemos dado cuenta de que convivir con la belleza nos hace sentir mejor. Y que cenar con una vela, por muy sencilla que sea, te hace sentir bien”. Y cuando un objeto te hace sentir bien, añade, “también se convierte en un objeto de regalo”.
Que las velas se vendan en los supermercados no es una amenaza que asuste a Subirà. “Quiere decir que hay un mercado potencial. Si partes de ahí, tú puedes ofrecerlas de más calidad, de más variedad, que tengan una mejor combustión”. La competencia de la gran distribución valida el producto; la cerería le da profundidad.
La propietaria no idealiza el hecho de heredar un negocio antiguo. “Yo no vengo del mundo de los negocios, pero cualquier empresario te diría lo mismo: llevar un negocio, sea nuevo o viejo, es duro y sacrificado. Ya tienes que saber a qué juegas”. Tampoco acepta el prejuicio social que planea sobre los comerciantes: “En nuestra sociedad a menudo se les desprecia, como si una persona que tenga un negocio fuera potencialmente un explotador, o alguien que hace trampas o roba”.
Y concluye: “El cambio más inteligente que hemos hecho ha sido no vivir en el pasado, estar atentos a los nuevos gustos y a la evolución de la ciudad”.La cera ha cambiado de función tantas veces como ha sido necesario. El oficio sigue encendido.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.