Podría pensarse que un pintor siempre cultiva su afición desde niño. Que su habilidad se deja ver en sus primeros trazos, incluso antes de aprender a andar. No fue así en el caso de Pedro Hoz (2000, Málaga), quien se crió en el seno de una familia de Alhaurín de la Torre en que el arte nunca ocupó el centro de la conversación. “Había mucho amor, pero no me llevaban a museos ni se interesaban por el diseño”, confiesa. Pese a ello, cuando iba a casas de amigos donde había una mayor sensibilidad estética, con sofás y mobiliario de autor, quedaba fascinado. “Siempre me sentí atraído por la belleza”.
Aquella atracción fue agrandándose y, por consecuencia, los límites de su pueblo natal se estrecharon. Solo tenía 15 años cuando partió hacia California y empezó a estudiar empresariales. “Ese campo me permitía ser autosuficiente, no llevar uniforme ni seguir horarios”, se justifica. Para entonces, solo había flirteado con el arte a través del grafiti, que le permitió conocer a artistas urbanos que exponían en galerías. Una cosa llevó a la otra, hasta que un día un lienzo cayó en sus manos. Al cumplir 18, ya estaba prendido del pincel.
“Mis pinturas cuestionan la realidad y beben del mundo onírico”, afirma el pintor malagueño
París, Ciudad de México, Seúl o Miami son algunas de las ciudades donde este artista autodidacta ha expuesto sus obras, que hasta el próximo jueves podrán verse en una muestra individual en la Galería Mayoral, en Barcelona. No es su primera retrospectiva, pero sí la más ambiciosa: reúne veinticinco pinturas y esculturas de diverso tamaño. En su inauguración, una mesa a rebosar de manjares acogió una performance con un esperpéntico dúo de artistas (Iris Martínez y Mateo Ibarra) caracterizado con rostros pálidos y largas narices.
En las pinturas de Hoz se repiten símbolos que no siempre sabe qué significan. Cuenta que los relojes transmiten su preocupación por el paso del tiempo, especialmente presente en Cuestión de tiempo. En esta obra, diversas generaciones reaccionan —mejor y peor— al avance de las agujas del reloj. El solitario, en cambio, se basa en un día en que Hoz se quedó dormido bajo un árbol junto a su perra y en los sueños que lo asaltaron entonces. “Mis trabajos cuestionan la realidad y están conectados con el mundo onírico. Si hubiera vivido en la época de las vanguardias, seguramente me hubieran clasificado como surrealista”, dice.
Muchas de sus creaciones las gobiernan mujeres, una tendencia que al parecer es heredada. Su abuelo siempre dibujaba figuras femeninas en las servilletas de los bares. Entonces, ¿sí había un gen creativo en su familia? “Hay un duendecillo que no siempre se deja ver, pero que está ahí”, rectifica.
Pese a que algunos signos aparecen reiteradamente, no se aferra a ninguno. El joven artista cree que su pintura todavía puede mutar hacia otras cosas. Mientras tanto, va cosechando éxitos y seguidores. Asegura que Dua Lipa le compró un cuadro... “Hoz reúne capacidad técnica, imaginación y voluntad”, defiende Jordi Mayoral, al frente de la galería de Consell de Cent. “También tiene algo de rockstar. En un fin de semana, puede hacer un cuadro”. Por las grandes dimensiones de algunos de sus lienzos, tal hazaña parece imposible, cosa de magia. Hoz no lo confirma, pero sí revela que su bisabuela era bruja. O eso le han contado. “Son personajes que represento en mi obra con sombreros puntiagudos. Me gustan porque son antisistema”, termina.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.