El día que entrevisté a Enric Auquer y Maria Rodríguez Soto por Ravalejar salió la pregunta de cuántos episodios había visto. La temporada tenía solo seis. La intención, desde el momento que recibí los screeners, era verlos todos para el día de la entrevista. Pero no llegué a verlos. No era falta de interés. Tampoco era falta de tiempo. El problema era que, con el nervio de la cámara y un tono de thriller documental, la serie de Pol Rodríguez me provocaba ansiedad. Preferí espaciar más el visionado y ya para la crítica la había visto entera.
Ravalejar (HBO Max) no era ninguna excepción con su radiografía de la especulación inmobiliaria de Barcelona a partir del desahucio de un restaurante centenario y familiar del Raval. Era, de hecho, la confirmación de una tendencia en televisión. Cada vez hay más guionistas y directores que buscan la forma de transmitir autenticidad en sus historias y que, en vez de amoldarse a fórmulas o rebajar la tensión de forma intermitente para ser más agradables, siempre se mantienen arriba. Antes no era necesariamente así.
Fijaos como hay tantísimos thrillers, true crimes y series de asesinatos que, al camuflarse en una fórmula, se convierten en obras incluso reconfortantes. Pueden tener momentos de suspense pero no se busca el límite todo el rato. También hay series que, mediante las dinámicas de personajes, desactivan la inquietud para ofrecer refugios temporales. Pero después tienes casos como Satisfacción garantizada (Apple TV), sobre una madre soltera que no llega a todo, y de repente te arrolla esa frustración de todos los frentes abiertos de la vida.
Esta creación en clave de comedia de David J. Rosen, que no por casualidad cuenta con un director de thriller y terror como David Gordon Green, puede incluir un crimen. La protagonista interpretada por Tatiana Maslany descubre el cadáver del escort que la había enamorado a través de la cámara del ordenador. Pero lo que te hace apretar todo lo que hay dentro de tu caja torácica es cómo se discute con el ex, cómo no llega al entrenamiento de su hija, cómo las cargas e imprevistos le impiden lucirse en el trabajo donde quiere un ascenso. El cadáver es un macguffin para resaltar la presión de la vida y la imposibilidad de relajarse.
Y, al acostarte en la cama, piensas en el pago que tienes que hacer para el casal de los niños; las facturas que tienes que emitir; el libro que no leerás a tiempo para el coloquio; el alud de series que nunca podrás ver por exceso de producción y plataformas; esa persona cercana a ti que te recuerda peligrosamente a Jonathan Andic; o si podrás encontrar un momento para ir al gimnasio o dejarás que tu cuerpo vuelva a descomponerse en un entorno con una presión estética ridícula, donde los hombres ya tienen más pecho que las mujeres.
Es irónico. Habías cerrado el libro porque te costaba mantener los ojos abiertos y, al apagar la luz de la mesita de noche, tus ojos sienten la necesidad de abrirse como si fueran las doce del mediodía.
Por eso, claro, esperas con los brazos abiertos Se tiene que morir mucha gente (Movistar Plus+), ya que Victoria Martín siempre es divertida en los vídeos que te aparecen en Instagram. Sin embargo, te encuentras una dramedia donde Anna Castillo lucha contra su instinto autodestructivo, la depresión y su narcisismo tomándose pastillas como si fueran cacahuetes. Es una obra fenomenal, con una Macarena García hilarante y delirante, pero quizá no calculabas que haría la bola más grande antes de ir a dormir con la inconformidad existencial de sus protagonistas y su apuesta por el libertinaje social. Esa noche intentas engañar el cerebro pensando en la respiración y, en vez de tranquilizarte, te planteas si tienes taquicardia.
Por allí tienes, además, la emisión semanal de la superlativa Half Man (HBO Max) de Richard Gadd (Mi reno de peluche) donde la masculinidad tóxica se revela, disecciona y explota violentamente y de forma reiterada delante de tu mirada alucinada, angustiada y descolocada; también Los testamentos (Disney+), que no quiere que olvides jamás que las protagonistas juveniles pueden ser ahorcadas si cometen un simple error; o El señor de las moscas (Movistar Plus+), donde Jack Thorne (Adolescencia) te sumerge en la miseria y la psicopatía infantil con una dirección tan colorista como evocadora.
Al ver cómo se te amontonan estas series bañadas en ansiedad (tal y como reconocen incluso sus autores), echas de menos esos tiempos en los que series como Mujeres desesperadas, Perdidos, Anatomía de Grey o The Good Wife marcaban la agenda televisiva. ¿Recuerdas esas estructuras claras, estancadas en unos parámetros definidos y reconocibles, con un dramatismo que solo se permitía salidas de tono de vez en cuando y siempre desde una dirección prudente? ¿Esas series donde la emoción no siempre debía tener una pulsión negativa y turbia al acecho?
No eran mejores o peores series por sus limitaciones pero, en perspectiva, te permitían tener esa bola bajo control, la que tienes detrás del pecho y que reacciona a una realidad estresante, de FOMO y obligaciones, donde cada elección comporta una renuncia por las limitaciones temporales y económicas y donde el sistema te impide desconectar por la necesidad de estar siempre online.
Y, al apagar la luz, esa bola omnipresente y amenazante te obliga a formular siempre la misma pregunta: “¿A qué tendrás que renunciar mañana?”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.