Una parte de mi mente cree recordar que hubo un momento en el que la serie 9-1-1 estaba loca pero, además, aderezaba toda esa locura con una pátina dramática que no era de usar y tirar. Me refiero a la temporada fundacional en la que Bobby Nash (Peter Krause) andaba con una nube de miseria encima de su cabeza, al ser responsable de la muerte de su esposa y sus dos hijos. A Athena Grant (Angela Bassett) la teníamos interpretando a una mujer desgraciada por estar casada con un hombre homosexual. No se acaba aquí.
Abby Clark (Connie Britton), inolvidable como la primera telefonista de emergencias, era la sacrificada hija de una mujer con demencia, que incluso le soltaba algún tortazo durante las discusiones, y se enamoraba de un chaval como Buck (Oliver Stark) que tenía algo cercano a una adicción al sexo. De hecho, con la llegada de Maddie (Jennifer Love Hewitt) no se perdió este sentido dramático, con la revelación de por qué se había trasladado a California y el posterior arco del ex maltratador.
Se echa de menos el drama familiar de Abby, que agarró a la audiencia en su primera temporada, o que simplemente haya arcos dramáticos
9-1-1 en esos tiempos era la serie de moda de la televisión en abierto. Los medios estaban fascinados por los casos semanales. ¿Encontrarían otro bebé en una tubería? ¿Habría otro psicópata por San Valentín? A medida que se fue afianzando como un procedimental de éxito de la parrilla que simplemente podía replicar el mismo molde una y otra vez, perdió la ambición dramática.
La serie de Ryan Murphy, Brad Falchuk y Tim Minear mantuvo la política de “no hay ideas demasiado descabelladas” en la sala de guionistas, tanto en lo que se refiere a las emergencias de la estación 118 de Los Ángeles como a los dramas personales de los personajes. Lo que sí se perdió es la capacidad de desarrollar un mínimo estas tramas, de confiar que el espectador pueda seguirlas durante unas cuantas semanas y buscando la emoción en ellas.
Solo hay que ver algunos de los argumentos con más impacto potencial de estos últimos años y la rapidez con la que se los ventilaron. Posiblemente me di cuenta de esta deriva hacia la intrascendencia dramática con el atropello del hijo de Hen Wilson (Aisha Hinds). De repente, un coche impactaba contra el hijo y el chaval se quedaba empotrado entre el vehículo y una pared. Se necesitaba máxima precisión o automáticamente moría allí mismo. Y, también de repente, la situación de extrema gravedad se resolvía en cuestión de minutos y sin secuelas que seguir en los siguientes episodios.
Esta filosofía ahora se aplica a casi todo. Da pena que Debra Christofferson haya aparecido desde 2018 en la serie, con 37 episodios a sus espaldas, y su derrame cerebral sea una anécdota más para que simplemente Maddy ascienda temporalmente a supervisora. ¿No podían fingir un poco de interés en su estado de salud? A Eddie Diaz (Ryan Guzman) le aparece una acosadora potencial (que resultó ser inocente) y el nervio de la trama estaba anestesiado.
Y, por el amor de Dios, a Buck le secuestraron dos tarados, le hicieron comportarse como el hijo que tenían en coma en otra habitación de la casa, y la conclusión fue que son gajes del oficio al final del mismo episodio. Dos semanas después, la adicción a los opioides de Buck también se resolvió en cuarenta minutos. ¿Cómo se puede ser tan holgazán? Y, siguiendo con este personaje, los próximos episodios que estrene Disney+ para despedir la novena temporada también tienen una trama dramática bochornosa por estar aceleradísima.
Lo que molesta de 9-1-1 no es que los personajes se vayan al espacio después de que una ballena se zampe a un millonario; o que haya tornados de abejas rabiosas; incluso se le puede perdonar que, ahorrando y ahorrando por el declive de los ingresos de la televisión en abierto, los efectos visuales y los valores de producción se vean cada vez más baratos. El problema es la holgazanería en la sala de guionistas: este dramatismo exprés que impide continuar invirtiendo emocionalmente en los personajes.
9-1-1 vive de las rentas de una forma tan descarada que ni tan siquiera el absurdo loable de los casos puede ocultarlo. Que en Estados Unidos se emita con Anatomía de Grey, compartiendo noche, es de una coherencia extrema: ambas son fáciles de seguir gracias a la inercia del espectador pero ninguna de las dos mantiene los ingredientes que provocaron el enganche inicial.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.