La serie Para toda la humanidad cuenta desde 2019 cómo hubiera sido la historia contemporánea si un cosmonauta soviético hubiera pisado la Luna antes que Neil Armstrong. La tesis es la siguiente: los gobiernos de los Estados Unidos y la Unión Soviética habrían potenciado sus respectivos programas espaciales con resultados impredecibles. Si la primera temporada se ambientaba en 1969, la quinta ya se sitúa en 2012, todavía existe la URSS y la humanidad tiene una colonia estable en Marte. Pero nada de esto importa para ver Ciudad de las estrellas, el spin-off de Para toda la humanidad que Apple TV estrena este viernes. Nada.
Los creadores Ben Nedivi y Matt Wolpert (a quienes entrevistamos), como si quisieran ejercitar sus músculos como guionistas tras explorar durante años la historia alternativa y la ciencia ficción, ofrecen en Ciudad de las estrellas una obra nueva e independiente desde el otro lado del Telón de Acero.
Empieza en el mismo punto: la llegada del hombre a la Luna, una victoria para la Unión Soviética. Pero la ambición narrativa no es adentrarse en el elemento aspiracional y aventurero de las siguientes misiones tripuladas y de los avances sociales y tecnológicos derivados de estas sino en el estado de hipervigilancia al que estaban sometidos todos los profesionales del programa espacial. Vivían en una localidad militar secreta llamada Zvyozdny gorodok, la Ciudad de las Estrellas.
En los años 70, el KGB sospecha que los Estados Unidos tienen un espía en el programa espacial. En este contexto conspiranoico, el Diseñador Jefe (Rhys Ifans) tiene que moverse con astucia entre su ambición científica como ingeniero y una telaraña soviética donde la decisión incorrecta puede conducir a desaparecer en Siberia o recibir una bala en la cabeza.
Y, mientras Irina Morozova (Agnes O’Casey) escucha las conversaciones privadas de todos los trabajadores de la ciudad siguiendo las órdenes de la jefa del KGB allí (Anna Maxwell Martin), los cosmonautas viven unas vidas prudentes marcadas por la presión gubernamental. Destaca Anastasia Belikova (Alice Englert), que se convierte en el rostro femenino del programa espacial y, como está soltera, la obligan a casarse con un piloto para representar el ideal de mujer del régimen.
La fotografía es apagada y con la imagen granulada, como si hubiera sido rodada en esa época. Los títulos de crédito destacan la arquitectura brutalista. Las miradas de los personajes son desconfiadas. La alegría, de hecho, es prácticamente inexistente por la certeza que tienen de que sus sentimientos, al igual que sus vidas, no les acaban de pertenecer a ellos sino al gobierno. Y, con una presión tácita en todas las interacciones por la sombra de la vigilancia, Ciudad de las estrellas se convierte en un thriller sosegado que obliga a expandir la idea de spin-off: se emancipa por completo en las intenciones argumentales, dramáticas y de género.
Con una presión tácita en todas las interacciones por la sombra de la vigilancia, se convierte en un thriller sosegado que obliga a expandir la idea de spin-off
Ojalá esta conexión con Para toda la humanidad, siempre recomendable, no suponga una barrera de entrada para que los amantes del thriller de espías le den una oportunidad.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.