Hace 34 años, Paul Verhoeven logró con Instinto Básico recaudar en taquilla más de 350 millones de dólares, consolidándose así como uno de los grandes referentes del thriller erótico. Buena parte de aquel impacto se debió a la protagonista de la cinta, Sharon Stone, quien daba vida en la trama a Catherine Tramell, una críptica escritora que, además de inmortalizar uno de los interrogatorios más célebres de la historia del cine, nutrió con aquella interpretación uno de los grandes estereotipos de los noventa: el de la mujer bisexual asociada a la manipulación, la promiscuidad y la psicopatía.
No fue un hecho fortuito. Durante décadas, Hollywood silenció o deformó con alevosía las historias de mujeres lesbianas y bisexuales, asociándolas a personajes perversos, trágicos o enfermizos. Desde Marlene Dietrich besando a otra mujer en Marruecos (1930) hasta Greta Garbo en La Reina Cristina de Suecia (1933), pasando por la bisexual autodestructiva de Lauren Bacall en El trompetista (1950); el deseo entre mujeres apareció casi siempre como algo secreto, morboso o condenado.
En los años sesenta, filmes como La Calumnia (1962), con Shirley MacLaine enamorada de Audrey Hepburn antes de suicidarse, o La zorra (1968), donde una lesbiana “recupera” la heterosexualidad mientras la otra muere trágicamente, alimentaron una visión social profundamente estigmatizadora, reforzando una y otra vez la idea de que las relaciones íntimas entre mujeres conducían inevitablemente al abismo.
Incluso en el cine contemporáneo, la invisibilidad lésbica ha convivido con referentes altamente erotizados
La tendencia continuó durante décadas, incluso en el cine contemporáneo, donde la invisibilidad lésbica convivía con representaciones altamente erotizadas para la mirada masculina. Lazos ardientes (1996), Mulholland Drive (2001), de David Lynch, o La vida de Adèle (2013), Palma de Oro en Cannes y también objeto de polémica por sus explícitas escenas sexuales entre sus dos protagonistas, son algunos de los múltiples ejemplos que conforman un universo de personajes femeninos queer atravesados por la violencia, la frivolidad y el conflicto.
El hartazgo del colectivo LGTBI ante el desmesurado abuso de viejos clichés, sumado al cambio de sensibilidad social, ha empujado a la ficción audiovisual hacia nuevas formas de narrar el deseo entre mujeres. En los últimos años, películas como Carol (2015), basada en la novela homónima de Patricia Highsmith; Elisa y Marcela (2019), de Isabel Coixet; o la aclamada cinta francesa Retrato de una mujer en llamas (2019), han apostado por representar la diversidad sexual de manera más realista, natural e inclusiva, alejándose del erotismo fetichizado que, aunque en ocasiones pudo resultar atractivo, terminó por saturar la representación de la mujer homosexual.
El aperturismo social, la evolución de las audiencias y la comunicación bidireccional de éstas a través de las redes sociales han puesto de manifiesto la buena acogida de aquellas ficciones cuyo núcleo narrativo no se limita únicamente a la relación amorosa entre dos mujeres, sino que explora todo el universo que gira en torno a ese romance, más allá de su condición homosexual.
Un cambio de paradigma en la gran pantalla que también se ha visto reflejado en la pequeña con la proliferación de numerosos títulos, muchas de ellos todavía en emisión, como Euphoria, Anatomía de Grey o Sueños de libertad, la serie diaria más vista actualmente en España. Éxitos cuya quimera para lograr conectar con el público ha sido, precisamente, alejarse de las etiquetas.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.