Felipe VI es una de las voces protagonistas de Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo, el documental de Netflix dirigido por Jon Sistiaga y Juanjo López que se estrena este viernes, en el que recuerda cómo vivió aquel julio de 1997, cuando todavía era Príncipe de Asturias y tenía la misma edad que el concejal asesinado por ETA, 29 años. Su testimonio recorre el impacto personal de aquel secuestro y posterior asesinato, su viaje a Ermua y el significado que tuvo aquel episodio en su formación institucional.
Felipe VI comienza su recuerdo desde la emoción que todavía le provoca aquel episodio. Casi tres décadas después, asegura que la sensación permanece intacta: “Madre mía, pienso en aquello y me entra la misma tristeza y la misma indignación. Todos nos acordamos prácticamente al detalle de dónde estábamos, qué hacíamos, qué sentíamos”. Para el Rey, una de las claves de la enorme reacción social que provocó el secuestro fue que Miguel Ángel Blanco dejó de ser una figura desconocida para convertirse en alguien cercano para millones de personas.
Recuerda especialmente la decisión de acudir a Ermua tras el asesinato. Fue una visita marcada por las circunstancias excepcionales del momento: ETA seguía activa y las medidas de seguridad condicionaban cualquier movimiento de la Casa Real. ”Ir a Ermua no era una decisión fácil. Seguía siendo muy activo el terrorismo. Lo que acababa de producirse un asesinato. La cuestión de seguridad pesaba mucho”.
El entonces príncipe explica que inicialmente se había planteado que el jefe del Estado no se desplazara, “pero ¿cómo conjugar esa necesidad de compartir con toda la sociedad española desde la Corona no solo un pésame, sino un mensaje de hacernos eco de ese basta ya colectivo al terrorismo de una forma más presencial y contundente? Entonces el rey y el presidente del Gobierno, convinieron en que la decisión adecuada era que fuera yo”, afirma en el documental.
Aquel viaje supuso una experiencia nueva para Felipe VI. Él mismo reconoce que no se trataba de un acto institucional más, sino de un momento de enorme responsabilidad personal.”No era habitual tampoco, era la primera vez que hacía algo así”. Su objetivo, explica, era trasladar un mensaje que fuera más allá del protocolo y que conectara emocionalmente con una sociedad golpeada por el terrorismo.
En el documental se recuperan las palabras que pronunció entonces en Ermua, cuando expresó el apoyo de la Familia Real a la sociedad vasca y condenó el asesinato de Miguel Ángel Blanco. “Vengo a Ermua para expresar el apoyo de la familia real a la sociedad vasca, al pueblo vasco”. Y añadió su firme repulsión “a este último atentado terrorista que tan directamente ha afectado a la familia Blanco Garrido y que nos ha sobrecogido a todos”.
El, monarca recuerda la intensidad emocional de aquellas horas, en las que toda España siguió con angustia la amenaza de ETA y la búsqueda desesperada del joven concejal. ”Era una sensación muy fuerte porque todos revivíamos continuamente esos pasos terribles y en esa sensación de angustia colectiva que se produjo de forma muy impresionante en toda España. Incluso fuera de España también se siguió”.
El Rey también reflexiona sobre el papel de la memoria de las víctimas y la responsabilidad de transmitir a las nuevas generaciones lo ocurrido durante los años de terrorismo para que conozcan el coste que tuvo la defensa de la democracia. “Hay generaciones que no vivieron el terrorismo y deben saber que esta convivencia democrática y esta vida que compartimos ahora tuvo un camino muy duro, muy difícil, de sufrimiento, de dolor, de pérdidas de vidas. Y es ciertamente sorprendente y de alguna forma intolerable que todavía haya personas que jaleen a los responsables de todo ese dolor. El Estado no podía haber hecho nada más.”

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.