S upervivientes: tierra de nadie (Telecinco) tiene un título que es una verdad objetiva y paródica al mismo tiempo. En el plató, Jorge Javier Vázquez entrevista a Chayo Mohedano. Se conocen de toda la vida y, quizá por eso, comentan el odio entre Rosa Benito (concursante de Supervivientes All Stars y madre de Mohedano) y Belén Esteban, que durante años fue la gran aliada de Benito. Son tramas que necesitan notas a pie de página para entender su contexto. Confirman que la supervivencia es un valor mutante que aspira a conectar con las nuevas generaciones (que no ven la tele) cuando aún no han exprimido toda la curiosidad de los televidentes veteranos, adictos a las vidas de Esteban. La supervivencia provoca un efecto llamada. A rebufo de las audiencias que concita Esteban, otros miembros de la tribu resucitan. Después de toda una vida de autodestrucción en directo, los supervivientes más reputados de Mediaset ofrecen el sacrificio de sus descendientes para perpetuar un negocio familiar basado en la discordia y los conflictos.
Las figuras más conocidas de Mediaset se toman la idea de la supervivencia al pie de la letra
TENTACIONES. La isla de las tentaciones (Telecinco) sobrevive con una fórmula celebrada en las redes sociales. Con ingredientes imperecederos, logra atraer la atención de los espectadores. Los hay que miran el programa limitándose a disfrutar de los giros de guion que ofrecen los concursantes, atrapados entre la tentación y un compromiso de fidelidad que, a menudo, es pura comedia. Y luego están los que lo miran con ironía condescendiente, de superioridad de sofá. Y los que detectan las trampas y los trucos de montaje. Ejemplo: las escenas más celebradas de las últimas ediciones son las de las reacciones de los machos cuando se dan cuenta de que su pareja los engaña. Los famosos gritos de “¡Estefania!” o los de Sandra Barneda –“¡Montoya, por favor!”– persiguiendo a un concursante han institucionalizado este recurso de echarse a correr hacia el foco de infidelidad. Es un efecto que se contagia y que, como pasa con los escaladores cuando culminan la cima de una montaña, obliga al espectador a entender que, para verlo, hace falta que haya un operador de cámara más arriba de la cima y, en el caso de los concursantes con ataque de cuernos, que el cámara sea un auténtico atleta. Si, además –como pasa con el concursante Nacho–, son pésimos actores, las reacciones de desesperación no son un recurso dramático verosímil sino una broma grotesca.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.