Casi infinitos son los derechos y las libertades de los que gozan en su conjunto los jóvenes occidentales de hoy en día, al menos si se comparan con cualquier juventud de época anterior. Aun así, algo falla, hay algo que no cuadra. Andan perplejos, despistados, faltos de ánimo, la mente secuestrada por las plataformas que les inducen al odio y el repudio cerril a milenarios valores y creencias. Es decir, que andan perdidos, vacíos, solos, desamparados, abandonados a su suerte, sin futuro y cabreados.
El mundo de hoy no les favorece. Por mucho que se esfuercen en los estudios, sólo les espera, en el mejor de los casos, un empleo de mierda mal remunerado y con fecha de caducidad, porque es así como lo quieren los amos de la revolución tecnológica que va camino de convertir en redundante a la mayor parte de la humanidad, que no sólo sobra, sino que ya no importa nada, nada de nada, como ese viejo walkman que guardamos en el fondo de algún armario.
Y cuando un joven o una joven aparta distraídamente la mirada de la pantalla de su móvil, lo que ve es que andan por todos partes al sol despreocupados jubilados de oro paseando a sus mascotas como si de mimadas estrellas de Hollywood se tratase, con sus trajecitos, botines, purpurina, carritos y collares de diamantes.
Y, claro, da ganas de llorar, ya que están convencidos de que ellos nunca van a alcanzar semejante nivel de bienestar, gozo o plenitud, por no hablar del amor, ya que esos animalitos están y se sienten adorados por sus acaudalados y ensimismados amos. Así que, más que saber, intuyen que a ellos nadie, absolutamente nadie les va a sufragar tamaña bicoca, y eso joroba, joroba lo indecible. Aunque, bien mirado, quizás no sea más que una moda pasajera, ya que todas lo son, y así ha sido desde al menos los antiguos atenienses.
El precedente de Viena
Cuenta Stefan Sweig en su imprescindible El mundo de ayer que, en sus años estudiantiles en Viena, “la gente joven que, por instinto, desea siempre mudanzas rápidas y radicales, era considerada por eso mismo como elemento peligroso”. De modo que la sociedad trataba a los jóvenes con mano dura. Se consideraba a un hombre de treinta o incluso cuarenta años demasiado joven como para ocupar un cargo de responsabilidad. Y de ahí que “la juventud constituyese una traba para hacer carrera, y la vejez una ventaja.”
Esta exigencia de la alta sociedad vienesa, que pronto sería engullida por la historia, se tradujo en que “todo el que quería prosperar tenía que ponerse los más variados disfraces para dar la impresión de que era mayor”. Y así fue hasta que la Gran Guerra redujera el Imperio austrohúngaro a una diminuta república alpina en la que los jóvenes, ya envalentonados, se entregasen con los brazos abiertos -y alzados- a los oscuros designios de los nazis invasores.
Ahora, en nuestra sociedad, los jóvenes vuelven a tenerlo crudo. Es más, dada la cantidad de guerras en marcha, en cualquier momento pueden ser llamados a filas. Así que, cuando apartan la mirada de la pantalla y sólo ven a su alrededor a esos viejos de oro con sus mimadas mascotas, anhelan con toda su alma recibir un trato similar si no mejor.
Lo de los therians, esos jóvenes que se disfrazan y se portan como animales y que no parece que sea más que un bulo que, como tantos, se ha hecho viral, quizás no anden tan desorientados. Puestos a elegir, más vale ser el perrito mimado de tu abuela que un mal pagado y peor tratado esclavo laboral sin futuro o, ay, carne de cañón en una guerra que ni te viene ni te va.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.