Por mucho que se alargue la esperanza de vida de los seres humanos, al menos la de los más privilegiados, su estancia en este planeta sigue siendo tan efímera como la de algunos insectos, máxime si se compara con la de milenarios olivos o con algunos bichos marinos que al parecer han alcanzado la inmortalidad, que es a lo que ahora aspiran cada vez más megarricos, pero no necesariamente aquí en la Tierra, que ya dan por amortiguada.
Aun así, nuestro fugaz paso vital nos permite observar acelerados cambios en la naturaleza, que no son necesariamente buenos o malos, sino cíclicos. Aunque quisiéramos que la playa en la que nos bañábamos de niños fuese siempre igual de bonita, lo cierto es que en sólo cuarenta años se ha ido erosionado a marchas forzadas, hasta quedarse en la mínima expresión. Y el enfado que esto nos produce nos invita a buscar culpables.
Durante milenios se atribuía los desastres naturales al disgusto de algún dios quisquilloso ante el mal gobierno o la indolencia de algún rey o potentado, que la divinidad expresaba mediante, a modo de escarnio, sequías interminables, inundaciones o actividad volcánica letal. Para apaciguar su ira, el pueblo rezaba y le ofrecía toda clase de sacrificios.
Gracias a los enormes avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos, bastante más sabemos de los caprichos de la naturaleza o de la nefasta intervención del ser humano como culpable principal de los estragos del calentamiento global que padecemos. Aun así, perduran los negacionistas, como Donal Trump, partidarios del drill, baby, drill, hasta que no quede ni gota de crudo en los pozos. Por no hablar de su amigote ruso Putin, que llegó a afirmar, encantado, que las altas temperaturas significaban un ahorro en cuanto a los costosos abrigos de pieles de sus paisanos.
El profesor de Historia en Oxford Peter Frankopan explica en La Tierra transformada (2023) múltiples factores, no todos humanos, que han incidido en el clima desde tiempos inmemoriales. Al igual que ha pasado con la ahora raquítica playa de ensueño de nuestra niñez, las civilizaciones a lo largo de la historia se han visto mermadas o colapsadas, incluso hasta desaparecer del todo sin dejar huella, o casi.
Porque las nuevas tecnologías son cada vez más eficaces a la hora de revelar la verdadera causa de su defunción, que a menudo tiene que ver con un repentido aumento de dióxido de carbono en la atmósfera, tal como está ahora ocurriendo y viene ocurriendo desde hace unos 12.000 años como consecuencia de la introducción de la agricultura y la masiva ola de desforestación que conllevaba. La revolución industrial y la globalización nos han llevado a la crisis ambiental actual.
Además de haber multiplicado y diversificado hasta lo indecible las prácticas de nuestros antepasados agricultores, hemos ido perfeccionando nuestras capacidades destructivas. Es una lástima que aún no hayamos aprendido que la prosperidad que se busca mediante guerras suele ser más destructiva que la guerra misma, como queda patente en la guerra de Ucrania o el polvorín que ahora es Oriente Medio, máxime si se tiene en cuenta que ya sabemos a ciencia cierta que somos capaces de autodestruirnos, y, con nosotros, nuestro precioso planeta.
El profesor Frankopan nos advierte de que ya contamos con una nueva fuerza en la transformación de la Tierra. Se trata de la IA, que no sólo participa activamente en la investigación histórica en curso, sino que va camino de convertirse en el protagonista de lo que pueda pasar en el futuro. De modo que, si hasta ahora tanto nos ha costado hacer frente al cambio climático, ¿quién va a controlar la IA en esta lucha a vida o muerte?
En cuanto a buscar culpables, lo somos todos, ya que además de consumidores compulsivos, nos hemos convertido en incansables productores de basura de todo tipo, que a duras penas sabemos reciclar.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.