Hay películas que no hacen ruido cuando entran, pero después no se van. Se quedan apoyadas en algún rincón durante días. Criaturas luminosas (Netflix) pertenece a esa especie rara de historias que parecen pequeñas por fuera, a priori simplonas, aunque por dentro sostienen un océano entero.
Su directora Olivia Newman ya había demostrado en First Match y La chica salvaje una sensibilidad poco afecta al sentimentalismo de laboratorio. Aquí vuelve a elegir el camino difícil de contar el dolor sin explotarlo. Le basta con la historia de una mujer que limpia un acuario de noche. Una viuda cansada. Un pasillo azul. Un balde. El eco del agua. Y un pulpo viejo mirándola como si conociera algo que los de nuestra especie aún no hemos aprendido y que nos lleva a equivocarnos.
Ahí empieza todo.
Una Sally Field inmensa interpreta a Tova, una octogenaria que carga el duelo con esa dignidad muda de quien ya no espera demasiado de la vida pero igual sigue levantándose cada mañana. “No te olvides de vivir”, le ruega una amiga en una de las escenas. Hay personas que envejecen y otras que simplemente acumulan despedidas. Tova pertenece a las segundas.
Frente a ella aparece Marcellus, un pulpo muy inteligente, irónico y observador, que termina funcionando como el personaje más humano de toda la película. O quizá habría que escribir lo contrario: el único personaje que aún mira el mundo sin el cinismo defensivo de los humanos. Qué idea hermosa la de convertir al animal en el personaje más lúcido del reparto. Como si Newman sospechara –con razón– que los humanos llevamos demasiados años confundiendo hablar con entender.
La película de Netflix hurga en la naturaleza humana y las segundas oportunidades
Lo extraordinario de Criaturas luminosas es que jamás fuerza la emoción. La deja respirar. La espera. Como esperan los que aprendieron que la pena no se cura, que apenas se acomoda, y que todos necesitamos a alguien que nos escuche.
En esa paciencia aparece Cameron, un chico roto, nómada, buscando respuestas donde apenas quedan ruinas. Lo que une a esos tres personajes no es el misterio que atraviesa la trama, sino algo mucho más simple: la soledad.
La película tiene el alma de esas historias de los años noventa donde todavía importaban los vínculos, las conversaciones, los silencios, los pequeños gestos. En el fondo, habla de salvarse. De cómo una mujer rota, un chico perdido y una criatura de las profundidades terminan encontrando algo parecido a una familia. No una familia perfecta –esas no existen–. Una hecha de casualidades, heridas y segundas oportunidades.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.