Si algo han dejado claro los 23 días de huelga de este curso es que Ustec ha decidido medir fuerzas con el Govern de Salvador Illa. O más bien doblarle el brazo. La lógica era sencilla. Si el Ejecutivo avanzaba un paso, había que impedirlo. Si proponía un acuerdo, subir el precio. Y a cada reunión, una nueva exigencia. El problema de las negociaciones convertidas en trincheras es que dejan de servir para negociar. Ayer hubo fumata blanca, pero también la sensación de que Ustec ha logrado hacer del conflicto un fin en sí mismo.
El Govern cometió un primer error en marzo, cuando quiso cerrar a toda prisa el pacto de los 2.000 millones para la escuela pública. Creyó que bastaría una cifra histórica para desactivar un malestar enquistado desde hace años. Pero el dinero no siempre apaga incendios; a veces solo ilumina el humo. Una parte importante del profesorado está exhausta. Cansada de ejercer, sin recursos suficientes, de maestro, psicólogo, trabajador social, enfermero y agente del orden en aulas cada vez más difíciles. Y Ustec entendió enseguida que ahí había un filón sindical y político. Entre otras razones porque pocos conflictos desgastan más a un gobierno que el educativo: las familias lo sufren en casa. Y porque los docentes representan nada menos que el 40% del funcionariado de la Generalitat.
El nervio de Ustec se articula por una lógica asamblearia y con acciones discutibles
A partir de ahí, el sindicato empezó a ocupar el espacio. Aprovechó su exclusión del acuerdo para capitalizar el descontento y reactivar a una parte de su base de cara a las elecciones sindicales del próximo año. Entonces el Govern volvió a echar una mano, involuntariamente. Primero, gestionando mal el plan piloto de mossos en los patios. Después, explicando todavía peor la infiltración policial en asambleas docentes. Se lo pusieron fácil a Ustec para convertir 2.000 bonitos millones en un motivo de batalla.
A estas alturas resulta difícil calibrar el apoyo social de Ustec, tradicionalmente tomado por el sector más nacionalista del profesorado. La negociación ha terminado girando más alrededor del dinero que de la educación. Illa ha cedido a golpe de chequera. Pero el presupuesto no es un chicle. Que nos digan a costa de qué otra partida han salido ahora, de repente, 600 millones más. Además, Ustec ha tensado el pulso con métodos discutibles –como cortar carreteras o bloquear Montserrat–, en su intento por mostrar a un Govern débil. El nervio del sindicato sigue articulándose por una lógica asamblearia y de presión que recuerda demasiado a ciertas tácticas del procés. Lo último: anunciar movilizaciones durante la visita del Papa.
No sé quién gana “el relato” esta vez. Ayer los sindicatos discutían sobre quién se lleva el pez al agua. Sí sé quién ha perdido con tanto barullo: los alumnos. Por el impacto en la actividad del curso. Y porque del derecho legítimo a la protesta y a la mejora de salarios se ha pasado, en algunos casos, a tentativas de bloqueo del propio sistema.
Solo se despejará el horizonte si existen garantías de que la paz será duradera. ¿Las hay? Tal vez Illa ha cometido otro error: pensar que el independentismo había abandonado determinados resortes del sector público. Da la impresión de que algunos solo esperaban una oportunidad para volver a activarse.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.