Tras más de media vida entrenando a perros guía, el instructor José Manuel Macarro pondrá este verano fin a 35 años de actividad con la ilusión intacta del primer día. En su último servicio en Manlleu, disfruta como el que más con los avances de sus últimas alumnas, el tándem formado por Josefina Casas, una mujer sordociega, y Holly , una perra labrador de unos dos años, que suplirá el bastón y la falta de visión de su dueña.
“Este un trabajo muy vocacional, con un componente humanitario que da una enorme satisfacción”, reconoce el adiestrador de lazarillos que, al echar la mirada, dice que ha aprendido de sus alumnos algo tan básico como “a no quejarme”.
Macarro ha perdido la cuenta de los canes que ha entrenado, pero estima una media de unos diez por año, lo que equivaldría unos 350 a lo largo de su vida. Más allá de los datos, el entrenador se conmueve con los intangibles que trae consigo el perro guía –animales muy adaptables y voluntariosos– cada vez que entra por primera vez un hogar.
Reconoce que con su presencia, los beneficiarios no solo ganan en compañía, sino también en autonomía, agilidad y libertad. “Es que regalar libertad, no tiene precio”, explica el entrenador, que se formó como adiestrador de perros en Italia, cuando en España todavía no existía la escuela de adiestramiento de perros guía que la Fundación ONCE tiene en Boadilla del Monte, donde trabaja.
Por este punto han pasado los más de 4.000 perros que han sido entregados a personas ciegas o con una discapacidad visual grave desde su creación. Actualmente en Catalunya hay 131 lazarillos. Tras permanecer el primer año de vida en familias voluntarias de acogida, donde inician la socialización, los animales son conducidos a ese centro donde son entrenados durante aproximadamente otro año.
Durante ese tiempo se les adiestra para que sepan seguir las directrices del usuario, para que puedan reconocer y evitar obstáculos, pararse en los pasos de cebra si circulan coches o incluso desobedecer la orden de su dueño si ven que está en peligro.
La era de la electrónica ha puesto algunas trampas en el camino de las personas ciegas o sordociegas como los patinetes o los coches eléctricos, casi inaudibles, o los viandantes ensimismados que transitan mirando el móvil y no se percatan de lo que hay más allá de sus narices. “La gente mira pero no ve y las personas con alguna discapacidad pasan aun más desapercibidos”, admite Macarro.
En la semana final del proceso de adiestramiento, el perro está en casa del nuevo dueño. En Manlleu, Macarro observa de cerca el vínculo entre Josefina y Holly y su adaptación en su día a día. Repiten los desplazamientos más habituales de la dueña –a la farmacia, a la panadería, a la piscina- para que la perra los vaya interiorizando y repasan los comandos para que atienda a las instrucciones de Josefina que, al ser sordociega, no puede comunicarse verbalmente. Sorda de nacimiento, desarrolló la ceguera a los doce años de edad a consecuencia del síndrome de Usher que padece.
Han pasado solo tres días juntas, pero la adaptación esta siendo inmejorable. “Es muy buena, divertida y me hace muy feliz”, explica Josefina, de 58 años, que trabajó vendiendo cupones. En ese proceso de adaptación, juega con ventaja. No es la primera vez que dispone de un perro guía y eso se nota. Hace doce años entró por primera vez en su casa Wati , ahora ya jubilada, pero que se ha convertido en una más de su familia. Los perros guía tienen una vida laboral que ronda los diez años.
Macarro subraya que lo “más gratificante” es cuando tras unos meses de convivencia, el usuario es capaz de hacer cosas que eran impensables antes de tener el perro. Por ejemplo, a Josefina le dio por subirse a la montaña con Wati. Otro reto será el de ir a la piscina, un trayecto de 50 minutos que, con bastón, le resultaba imposible.
Un desafío físico que Josefina superará con la ayuda de Holly . Otros costarán algo más de superar porque implican la concienciación de toda la sociedad. Desde la Fundación ONCE se explica que aún hay gente que no sabe que los lazarillo pueden acceder a los comercios, supermercados, restaurantes, espectáculos, centros educativos, sanitarios, religiosos, deportivos o al transporte público en igualdad de condiciones que el resto de la ciudadanía.
En más de una ocasión, Josefina ha discutido con alguien molesto por la presencia del can en un comercio o en un restaurante. Cuando eso ocurre, llama a la policía. “Existe aún un gran desconocimiento”, constata.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.