Cada generación afronta un debate que acaba definiendo su futuro. Nuestros abuelos tuvieron que decidir si electrificaban los pueblos. Nuestros padres decidieron construir autopistas, universidades y hospitales. A nosotros nos toca decidir si queremos producir la energía que necesitará la Catalunya de las próximas décadas o si preferimos seguir dependiendo de los otros mientras nos resignamos a ver a la industria marcharse. El debate sobre el PLATER es, en realidad, este.
Leyendo algunos artículos de opinión estos días, se tiene la sensación de que las energías renovables son una amenaza existencial para el país. Se habla de “ocupación del territorio”, de “destrucción del paisaje” y de “macroproyectos impuestos”. Es un relato emocional. Pero profundamente infantil. Porque el problema no es decidir entre molinos o paisaje. El problema es decidir entre producir energía o importar pobreza.
Afirmar que Catalunya puede mantener su nivel de vida sin generar la energía que consume es una fantasía
Durante dos siglos Europa construyó su estado del bienestar gracias a una revolución industrial alimentada por una energía abundante y competitiva. Sin aquella energía no habríamos tenido industria; sin industria no habríamos tenido empleo cualificado; sin empleo no habríamos tenido impuestos; y sin impuestos no existiría la socialdemocracia.
El PLATER representa, para el siglo XXI, lo mismo que la revolución industrial representó en el siglo XIX: la infraestructura imprescindible para que Catalunya siga siendo un país próspero. Porque hoy la energía es política industrial. Y la política industrial es política social. Cuando una empresa decide dónde instalar una fábrica no pregunta primero por la belleza del paisaje. Pregunta si hay electricidad suficiente, estable y competitiva. Sin esta energía, la respuesta es muy sencilla: la inversión se va. Afirmar que Catalunya puede mantener su nivel de vida sin generar la energía que consume es una fantasía.
Los mismos que exigen coches eléctricos, bombas de calor, hidrógeno verde, inteligencia artificial, supercomputadores o centros de datos a menudo se oponen a las infraestructuras que tienen que alimentarlos. Naturalmente que las renovables se tienen que planificar bien. Naturalmente que hay que proteger los espacios de más valor ambiental, minimizar los impactos, priorizar suelos degradados cuando sea posible y compensar adecuadamente el territorio. Pero convertir cualquier proyecto en uno “no” permanente es condenar el país a la decadencia.
Además, hay una paradoja difícil de explicar. Muchas comarcas que rechazan nuevos proyectos energéticos son, a la vez, grandes consumidoras de la electricidad producida en otros territorios. Hay también un discurso que apela constantemente a la defensa del mundo rural. Pero el mundo rural no sobrevivirá convirtiéndose en un parque temático para urbanitas de fin de semana. Sobrevivirá si hay actividad económica, jóvenes que quieran vivir y servicios públicos.
Y aquí aparece la cuestión de fondo. La historia nos enseña que cuando una sociedad pierde su capacidad de generar riqueza, desaparece también su cohesión social. Sin industria no hay estado del bienestar. Y sin estado del bienestar acabamos retrocediendo hacia sociedades donde unos pocos acumulan el poder económico mientras el resto depende de su voluntad.
El estómago no entiende de ideologías. Ni de proclamas. Ni de puños alzados cantando La Internacional. Cuando falta trabajo y oportunidades, la retórica desaparece a toda prisa. Por eso el debate sobre el PLATER no es ambiental. Es económico. Es industrial. Es social. Y es moral.
Porque la pregunta no es si queremos ver algún aerogenerador más en el horizonte sino si queremos que nuestros hijos encuentren aquí el trabajo, las empresas y las oportunidades que permitan seguir financiando la escuela pública, los hospitales y las pensiones. Todo lo que no sea responder esta pregunta es discutir sobre el paisaje mientras el futuro pasa de largo.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.