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Sociedad Baúl de bulos

El curro y las ganas de trabajar (como Dios manda)

Hay quien lo tiene todo, y otros, la gran mayoría y creciendo, que tiene bien poco o simplemente nada

El curro y las ganas de trabajar (como Dios manda)
El curro y las ganas de trabajar (como Dios manda) Martin Tognola
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Actualizado hace 58 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Cuánto ha costado llegar hasta aquí.
  • 02Es decir, el poder decir, parafraseando a Dickens en esa memorable primera frase de su Historia de dos ciudades  (1859): vivimos en el mejor de los tiempos, vivimos en el peor de los tiempos.
  • 03Hay quien lo tiene todo, y otros, la gran mayoría y creciendo, que tiene bien poco o simplemente nada.
  • 04Ante los sinsabores de la vida, que son muchos, las religiones tradicionales al menos ofrecerían la salvación eterna o una recompensa divina en el más allá; o bien sufrir espeluznantes tormentos por los siglos de los siglos.

Cuánto ha costado llegar hasta aquí. Es decir, el poder decir, parafraseando a Dickens en esa memorable primera frase de su Historia de dos ciudades (1859): vivimos en el mejor de los tiempos, vivimos en el peor de los tiempos. Cosas de la polarización. Todo depende de cómo se mire. Hay quien lo tiene todo, y otros, la gran mayoría y creciendo, que tiene bien poco o simplemente nada.

Ante los sinsabores de la vida, que son muchos, las religiones tradicionales al menos ofrecerían la salvación eterna o una recompensa divina en el más allá; o bien sufrir espeluznantes tormentos por los siglos de los siglos. El que la gran mayoría de la población era analfabeta ayudaba muy mucho a la hora de imponer estas reglas del juego.

El orgullo obrero

Mas a partir de las revoluciones industrial y francesa, esas viejas creencias, ante la huida de los campesinos a las ciudades y el sostenido avance de la alfabetización entre la población, irían cayendo en desuso, al ser reemplazadas por tentadoras ideologías y los furibundos nacionalismos que llevarían a nuestra civilización al borde del abismo mediante dos guerras mundiales. Atrás quedó la antigua dignidad que acompaña a los que sabían cuidar de su parcela, por muy pequeña que fuese.

El poder de la vieja aristocracia resultó desfasado y hasta obsoleto ante el auge de los inmensamente ricos industriales. La esclavitud se pasó del campo a las fábricas, aunque bajo otro nombre. Aun así, surgió de ese inframundo algo nuevo: el orgullo obrero. Pese a las abominables condiciones laborales, sueldos de risa y jornadas interminables, los trabajadores aprendieron, como el Sísifo de Camus, a encontrar en su oficio algo de consuelo, una satisfacción al realizar una tarea con el máximo rigor. Y ya no digamos cuando pudieron ofrecer a sus hijos estudios y un porvenir mucho más ventajoso que el que ellos habían tenido.

Pero vino la globalización a arrasar sin miramientos al mundo industrial y con él ese orgullo obrero. De hecho, ya no hay obreros, al menos no como los de antes. Tampoco sindicatos o sindicalistas. El ascensor social hace ya tiempo que dejó de funcionar, por muchos másteres y lenguas que dominen los hijos y nietos de la aniquilada clase obrera. Los que pueden, huyen. La acomodada clase media a la aspiraban ingresar duró tan solo un suspiro.

Es la hora del sector de servicios y la hostelería. La tasa de desempleo en España cae, hasta situarse por primera vez desde 2008 en el 9,8%. Pero tan sólo es una estadística, que nada dice de las condiciones laborales de los contratados. Ni tampoco de la baja productividad.

Tener un empleo -o una carrera- ya no es garantía de nada. Es cierto que se ha aumentado el sueldo mínimo interprofesional, pero tampoco llega como para hacer frente a unos alquileres por las nubes o el coste siempre al alza de la cesta de la compra. Las bajas laborales se multiplican. Después del enojo inicial al que semejante desazón incita, uno acaba entregándose a la apatía, a los analgésicos, a la desesperación.

Para muchos, la vida consiste en atravesar un laberinto burocrático sin posibilidad alguna de dar con ese hilo de Ariadna que les permitiera hallar la salida. Nadie contesta a sus tan innumerables como infructuosas llamadas. Lo que te dan con una mano, te lo quitan con la otra. Y cuanto más se sepa de la IA, más miedo da.

No es que la gente no quiera trabajar o ser más productiva. Lo que realmente anhela es sentir ese orgullo perdido, recuperar esa dignidad tantas veces pisoteada, y una vuelta a la vieja cortesía que tanto ayuda a hacer que la vida sea más llevadera y placentera. Ah, y un futuro mejor para nuestros hijos. Pero claro, en el despiadado mundo político actual, es como pedir peras al olmo.

John William Wilkinson
John William Wilkinson
Sociedad

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.