Cuesta imaginar cómo era el mundo antes de su electrificación, sobre todo ahora, en plena canícula, cuando, si uno anda buscando un remanso de paz, lo tiene más bien crudo. Incluso a las casas más apartadas les llega el tenue rugir de alguna carretera, los gritos y la insufrible música procedentes de algún camping, el estruendo de una moto al pasar, el constante e insufrible estrépito de las aspas de un gigantesco molino eólico, por no hablar del casi imperceptible ronroneo del frigorífico o el tictac del reloj de la cocina supuestamente silencioso.
Solo hace falta pararse y ponerse a escuchar prestando mucha atención. A buen seguro acabará percibiendo cada vez más ruiditos, y no únicamente los que proceden de la naturaleza que le rodea, que son de agradecer.
Del mismo modo que el silencio murió a consecuencia de la electrificación, así sucedió con la oscuridad. Salvo en las inexploradas profundidades del océano, la oscuridad total no existe, o en todo caso es artificial. El estrellado cielo —casi inexistente en las urbes— es surcado por satélites, aviones, drones. La Tierra es como una bombilla encendida flotando en el espacio que nadie sabe apagar.
Cuán oscuras debían de ser las noches en las ciudades y pueblos de antaño; cuán oscuros los caminos y bosques las noches de luna nueva. Tanto, que era preferible quedarse junto al hogar y acostarse y levantarse con el sol. Cuán oscuras y silenciosas las largas noches de invierno pegado a las sábanas. Con qué lentitud pasaban las horas. Y si se tiene en cuenta que gran parte de la población era analfabeta, ¿qué diantres pasaban por sus cabezas sumidas las largas noches en la más absoluta oscuridad poblada de fantasmas y demonios?
El silencio que reina en los conventos de clausura, máxime en los que solo se habla lo imprescindible, tampoco es total, ya que hace mucho que se incorporaron algunos de los avances tecnológicos del mundo exterior. Las cuentas se llevan con ordenador; las deliciosas galletas las elaboran las monjas con ruidosas batidoras y se hornean en estupendos hornos eléctricos que emiten un pitido para informarles que ya están. Y por qué no.
Claro que uno puede desplazarse a un convento budista en el Himalaya, pero lo que le espera será más de lo mismo. No hay escapatoria. Una película de 1965 de Luis Buñuel, Simón del desierto, nos presenta al estilita sirio Simón, que se pasó nada menos que 39 años, se supone que rezando, en el reducido espacio de una exigua plataforma en lo alto de una columna, en medio del desierto.
La última secuencia del filme salta sin previo aviso de la solitaria columna a una discoteca a tope de gente bailando como locos bajo luces cegadoras y bolas de espejitos al son de rítmica música eléctrica a toda pastilla. Es el infierno que nos brinda el sordo director de Calanda.
Pero si los humanos lo tenemos crudo a la hora de hallar un remanso de paz, peor lo tienen los animales, que debido a la agudeza que conservan de la vista, y de los otros sentidos, deben de sufrir lo indecible la falta de silencio y sosegada oscuridad. Piensen en la fauna marina que a lo largo de este tórrido verano viene sufriendo el estruendo causado por la proliferación de embarcaciones de recreo, motos acuáticas, los potentes motores de barcas de pesca y el pandemonio que inflige a las aguas los descomunales cruceros a su paso.
Al menos nos queda el consuelo de intentar imaginar cómo sería esa arcadia que tan alegremente abandonamos para siempre tras aceptar con gusto las torturas a las que nos somete sin piedad la modernidad. Desde entonces, el silencio es una lengua más muerta que el latín. Amén.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.