Cuando llegó la IA enseguida buscamos cuáles serían las profesiones que estarían a salvo de ser sustituidas por máquinas. El de tejedor de alfombras de Cachemira bien podría figurar entre una de ellas.
Es un oficio que exige años de aprendizaje, una destreza manual extraordinaria y la paciencia de anudar, hilo a hilo, cientos o miles de veces cada pulgada de tejido.
Sin embargo, este oficio centenario no necesita que llegue un algoritmo para ponerse en peligro de extinción. Le bastan los bajos salarios, las interminables jornadas y unas nuevas generaciones que ya no encuentran razones para aprenderlo.
La industria de las alfombras cachemires tejidas a mano ha sobrevivido a guerras y convulsiones durante siglos
Elaboradas con seda de morera o pura lana de oveja y teñidas con colores naturales, las alfombras cachemires, han adornado cortes imperiales, museos y residencias de lujo de todo el mundo. Hasta la década de 1980 fueron, además, el principal producto de exportación de Cachemira. Desde entonces, el negocio no ha dejado de menguar.
Una sola alfombra puede contener entre 300 y varios miles de nudos por pulgada cuadrada. Mientras trabajan en sus telares, los artesanos recitan en voz alta el talim, un código escrito a mano con antiguos símbolos que indican los colores y el diseño, y van anudando los hilos uno a uno. Dependiendo del tamaño y la complejidad, un grupo de tejedores puede tardar hasta un año en terminar una pieza que en el mercado internacional puede alcanzar los 20.000 dólares.
Si más jóvenes hubieran aprendido este oficio, podrían haberse ganado la vida con él”
El contraste con lo que reciben quienes la fabrican es brutal. Un maestro tejedor gana hoy alrededor de 500 rupias (casi cinco euros) al día, menos que muchos trabajadores no cualificados. “Me duele ver esto”, lamenta Bashir Ahmad, de 78 años, a las cámaras de la agencia AFP. “Si más jóvenes hubieran aprendido este oficio, podrían haberse ganado la vida con él”. Pero, precisamente, cada vez son menos los que creen que eso sea posible.
Las largas jornadas y la escasa remuneración han hecho que el oficio pierda atractivo entre los jóvenes cachemires. Hace tres décadas, el sector daba empleo a cientos de miles de personas. Hoy quedan unas 30.000, según estimaciones de la industria. Las guerras de Ucrania y Oriente Medio, que han golpeado la demanda y las exportaciones, no han hecho más que agravar un declive que venía de mucho antes.
Las autoridades intentan evitar que la tradición desaparezca. El Gobierno distribuye gratuitamente telares modernos y ha implantado etiquetas de indicación geográfica para distinguir las auténticas alfombras de Cachemira de las imitaciones baratas. La intención es proteger su valor y recuperar la confianza de los compradores.
Pero quizá el problema sea más elemental que modernizar los telares o certificar el origen de las alfombras: conseguir que una nueva generación considere razonable dedicar años a dominar una habilidad extraordinaria si después apenas permite ganarse la vida.
En el debate sobre qué trabajos sobrevivirán a la inteligencia artificial solemos mirar hacia las capacidades de las máquinas. La historia de los tejedores de Cachemira plantea una pregunta distinta. Tal vez algunos oficios no desaparezcan porque una máquina aprenda a hacerlos mejor, sino porque nosotros dejemos de estar dispuestos a pagar lo suficiente para que alguien quiera seguir haciéndolos.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.