Un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) se considera crónico o de larga evolución cuando rebasa los 7 años. Afecta en un 90% a mujeres. El caso de Enric es extraordinario, no solo por el hecho de formar parte de la minoría masculina de pacientes, sino porque lleva 36 años conviviendo con el trastorno. Su testimonio, desgarrador, pretende poner al descubierto una problemática soterrada con la finalidad de incentivar los diagnósticos y los tratamientos.
“Mi vida terminó a los 17 años”, razona Enric, de 53, durante una entrevista en la unidad integral de recuperación de los TCA (UIR-TCA) en la Fundación Hospitalarias de Martorell. Habla con serenidad y precisión sobre una vida marcada por una obsesiva compensación entre la alimentación y el deporte. Y por las depresiones derivadas.
Correr, pedalear, nadar, jugar a pádel, pasear el perro. Desde los 17 años, siempre en movimiento, siempre contando calorías. “Son manías”, decían sus abuelas, pero la bola se fue agigantando: “Empecé a aislarme socialmente, dejé los amigos y lo dejé todo, se me fue la cabeza y todo era trabajar y hacer deporte, todo el día sin parar”.
Al principio, Enric no era consciente del problema. “La obsesión es tan fuerte que te olvidas del resto”, argumenta, “la enfermedad no solo te aísla sino que también te pide muchas horas”. “Tengo mi vida congelada, vivo en casa de mi madre como cuando tenía 17 años. Te influye en el trabajo, en la vida social, en las relaciones. Cada día llegas la noche tan cansado que no tienes ganas de pensar en cosas que corresponderían a tu edad, como tener esposa o formar una familia”.
Todo estalló, afirma, en la época de la covid: “Hasta entonces iba tirando, pero tuve un episodio depresivo y me estalló la cabeza. Se me hizo imposible volver a trabajar porque la ansiedad, la depresión, la tristeza me podían. Todo era un continuo dolor de cabeza. Intenté un suicidio, entonces empezaron a tratarme en un hospital de día”.
Finalmente, Enric llegó a la UIT-TCA de Martorell, adscrita al hospital de Bellvitge. Es el único hombre de entre los 18 participantes –con una media de evolución del TCA de más de 27 años- en un estudio sobre el impacto de un programa residencial especializado para pacientes con trastornos de larga duración.
Cara a la sociedad es complicado para los hombres reconocer que también sufrimos estas enfermedades”
Los resultados, publicados en el Journal of Eating Disorders, la revista internacional de mayor impacto en el ámbito de los TCA, muestran mejoras tanto en el estado nutricional como en la calidad de vida de las pacientes después de tres o cuatro meses de ingreso.
“Han pasado de percibir su calidad de vida como mala o baja a relativamente alta después del proceso, aparte de mejorar a nivel de psicopatología, a nivel del trastorno alimentario y a nivel también de la funcionalidad que tienen en la vida”, explica la psicóloga Núria Jaurrieta, coordinadora del estudio, liderado por el director de la UIT, Fernando Fernández-Aranda.
El programa integra atención médica y nutricional, psicoterapia, intervención familiar, rehabilitación social y actividades grupales. Más allá del abordaje de los síntomas del TCA, se enfoca en aspectos como la calidad de vida, la corresponsabilidad, la autonomía personal y la recuperación funcional.
“Son pacientes que vienen de muchos tratamientos y que llevan muchos años de conductas muy arraigadas con el trastorno. La clave o lo que hace la diferencia en un proceso de recuperación, a veces no es tanto la gravedad –porque hemos tenido muy graves y hemos hecho un proceso de recuperación muy bueno- sino la actitud y la motivación”, apunta Jaurrieta.
Enric, que presenta un TCA no especificado, es decir, que no acaba de ser del todo ni bulimia ni anorexia nerviosa, acaba de recibir el alta después de cuatro meses de ingreso y participación en el estudio. El hecho de que fuera diagnosticado y tratado después de muchos años de padecimiento han contribuido a cronificar su trastorno. No sean como yo, viene a decir a los hombres. Busquen ayuda. “Cara a la sociedad es muy complicado reconocer que los hombres también sufrimos estas enfermedades. Entonces, la mayoría no acudimos al psicólogo o al psiquiatra hasta que no nos encontramos muy mal, hasta que ya no podemos hacer nada”.
La clave del proceso de recuperación no es la gravedad, sino la actitud y la motivación”
Enric no está curado. Pero llegó al IUR-TCA sin esperanza y ahora se muestra esperanzado y planteándose poder vivir. “Estoy más seguro y con más sabiduría”, dice. “Sé lo que me ha pasado y sé mis limitaciones, y eso me hace estar algo más tranquilo. Antes me preguntaba en qué había fallado. No tengo una carrera profesional, no tengo una facultad, no tengo nada. Es como, ostras, soy un fracasado total en la vida porque es que no he hecho nada. Aquí me han hecho ver que he estado enfermo durante todos estos años, es la enfermedad lo que me ha llevado al fracaso”.
La unidad especializada de la Fundación Hospitalarias consolida una terapia para mejorar la vida de los pacientes
Ahora se atreve con cosas impensables, que no ha hecho en los últimos 36 años, como beber agua o tomar fruta en las comidas. “Ya sé que mi curiosidad y mis conductas compensatorias son muy duras y complicadas, pero al menos que mi vida pueda ser un poco más estable, más funcional. Ahora todo lo que he aprendido aquí debo ponerlo allí fuera, que también es un paso complicado para mí”.
La UIR-TCA se puso en marcha en el 2024 para ofrecer una atención especializada y suprasectorial a personas adultas con TCA graves y de larga duración, principalmente anorexia nerviosa, que han seguido varios tratamientos previos sin haber conseguido una recuperación clínica sostenida.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.