La utilidad de la inteligencia artificial entre los profesionales de la salud está fuera de toda cuestión. Ayuda a afinar diagnósticos, analizar datos clínicos, interpretar imágenes médicas, redactar informes y aliviar parte de la carga burocrática que soportan los profesionales. Pero hay algo, esencialmente humano, que no puede hacer: mirar a los ojos, escuchar, empatizar y acompañar al paciente, tendiéndole la mano cuando más lo necesita. Uno de los grandes retos que plantea es usarla sin perder aquello que da sentido a la profesión: la humanidad. En una nueva edición de Diálogos La Vanguardia, cinco expertos del ámbito de la ética y la salud analizaron los desafíos que plantea el uso de la inteligencia artificial en la atención sanitaria.
La mesa redonda arrancó con la idea de que la inteligencia artificial es una herramienta más al servicio de la práctica clínica, pero no sustituye el criterio de los profesionales. La validación humana seguirá siendo imprescindible: están en juego decisiones clínicas y, sobre todo, hay una persona detrás de cada dato.
“La inteligencia artificial nos puede ayudar a recuperar tiempo para el paciente y mirarlo a los ojos”
Maria Teresa Estrach, consultora emérita del Hospital Clínic y catedrática emérita de la Universitat de Barcelona explicó cómo el profesional es quien está al lado del paciente, quien tiene que dar las noticias, transmitir la información y establecer una complicidad con él desde la primera visita.
“Viendo como está evolucionando la robótica asistencial, el lujo será el contacto humano”
Pero la relación con el paciente y el uso de la IA plantean un debate ético. Para Begoña Román, doctora en filosofía y profesora de Ética en la Facultad de Filosofía de la Universitat de Barcelona, esa posición lleva aparejada una responsabilidad que no puede delegarse en una máquina: “La responsabilidad es lo que caracteriza al ser humano”.
La IA tiene un gran potencial para aliviar a los profesionales de parte de la carga burocrática
Mari Àngels Aceituno, enfermera pediátrica y responsable de la Comisión de Humanización del Hospital Universitari Vall d’Hebron, puso como ejemplo la transcripción automática de las conversaciones en consulta. Esta herramienta puede reducir el tiempo que el profesional sanitario pasa frente a la pantalla y facilitar algo tan sencillo, pero a la vez tan importante, como mirar al paciente a los ojos y humanizar la atención. “No le hemos de dar más tiempo ni ponerle más trabajo al profesional, sino procurar quitárselo con las herramientas actuales”, puntualizó Maria Teresa Estrach.
La relación entre el paciente y el profesional ha ido cambiando con el tiempo. En los años ochenta y noventa, el paciente agradecía la atención de los profesionales; en los 2000, exigía precisión. Y desde la pandemia, “quiere empatía, que se le escuche y que se le dedique tiempo de calidad”, apuntó Àlex Soriano, jefe del Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Clínic. Para Soriano, la precisión diagnóstica de las máquinas llegará a ser muy alta, por lo que las facultades tendrán que dar cada vez más peso a las habilidades necesarias para interactuar con el paciente.
“El día que el dolor del otro te sea indiferente, que te dé igual que sufra, ese día habremos matado la medicina”
En esta línea, Josep Maria Guardiola, decano de la Facultad de Ciencias de la Salud y de la Vida de la Universitat CEU Abat Oliba, puso de relieve que uno de los grandes riesgos de la inteligencia artificial es la deshumanización de la profesión: “El día que el dolor del otro te sea indiferente, ese día habremos matado la medicina”. Precisamente, en la facultad que dirige, el uso bioético de la inteligencia artificial es una asignatura troncal del plan de estudios que se imparte en el primer curso. Los alumnos aprenden a aprovechar las posibilidades de la IA desde el primer día sin perder de vista que la medicina exige “excelencia con empatía, con humanidad, con solidaridad, con compromiso”. En paralelo, la facultad refuerza la comunicación oral como parte de esta formación humanista.
En el conjunto del sistema universitario, el reto también pasa por preparar a quienes les enseñan. “Muchas veces los docentes no tienen la formación suficiente en IA como para transmitirla a nuestros estudiantes. Hay que formar en paralelo y tener la suficiente humildad, ética y transparencia para caminar juntos”, recalcó Maria Teresa Estrach.
Más allá de las aulas, los profesionales en activo también requieren formación
Por un lado, en herramientas de inteligencia artificial que les permitan aprovechar sus posibilidades de forma segura y responsable. Begoña Román, puso el foco en el valor de los datos, que definió como “el oro del siglo XXI”, y en los riesgos de hackeo. Por ello, es necesario el uso de aplicaciones corporativas que garanticen el cumplimiento normativo y reclamó que los profesionales participen también en su diseño.
“Los futuros profesionales de la salud deben aprender a estar delante del enfermo. Eso no se lo hará ninguna máquina”
En este contexto, el personal sanitario necesita reforzar las competencias relacionadas con la humanización, la comunicación y las relaciones con el paciente y su entorno. Mari Àngels Aceituno matizó que la inmensa mayoría de los profesionales desempeña muy bien esta labor, pero que un solo caso en el que falle la atención humana puede acabar eclipsando muchos otros que sí funcionan. Por su parte, Begoña Román advirtió de que la ética no se enseña solo en teoría: “El mejor aprendizaje es vivirlo”, con un mentor, un referente al que ver actuar.
“La IA puede ayudar a tratar las enfermedades, pero no las personas enfermas”
Àlex Soriano pone el foco en la transformación del papel del docente: si antes el maestro era quien sabía más que el alumno, hoy el estudiante tiene acceso a toda la información y la IA hace aún más necesaria una figura capaz de transmitir aquello que la máquina no puede. En este sentido, se reivindicó especialmente la dimensión más humana de la medicina —lo que se conoce por el “arte” de la medicina—, más descuidada frente a su vertiente científica: presentarse, sentarse al lado del paciente, mirarlo y crear un vínculo antes de empezar a preguntar, apuntó Josep Maria Guardiola. El decano de la Facultad de Ciencias de la Salud y de la Vida de la Universitat Abat Oliba CEU también defendió una cierta humildad socrática: saber decir “no lo sé, pero voy a preguntar”, como parte de una relación con el paciente basada en la honestidad, la transparencia y la confianza.
Todo apunta a que se están produciendo avances. En algunas consultas se ha eliminado la barrera que suponía la mesa con el ordenador y se han instalado mesas redondas para situar a profesionales, familiares y pacientes en una relación más igualitaria y favorecer así la comunicación.
La cuestión es si está preparado el actual sistema para ofrecer ese tiempo de calidad. La respuesta fue unánime: no. Los profesionales de la sanidad se enfrentan a mucha presión y cuentan con poco tiempo para atender a los pacientes. Además, hay que tener en cuenta otros factores como el envejecimiento poblacional, la cronicidad de las enfermedades y unas expectativas elevadas por parte de los pacientes, que exigen no solo precisión, sino también rapidez.
¿El sistema sanitario debe empezar a considerar la IA parte de la solución ante la presión asistencial?
“El reto es que ha de ser parte de la solución”, señaló Àlex Soriano. La tecnología puede ayudar a aliviar la carga asistencial y resulta, además, “mucho más barata”, aunque algunas especialidades puedan sentirse amenazados por su avance, añadió. Aprender a usar la IA es relativamente rápido; aprender a escuchar a un paciente, acompañarlo y actuar con criterio ético lleva años, y se aprende viendo a buenos profesionales hacerlo. Todo pasa por una buena formación: de ella depende que la sanidad siga contando con profesionales que sepan acompañar y escuchar a los pacientes cuando más lo necesitan.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.