Las imágenes de sequía extrema ya no son exclusivas de la cuenca mediterránea. En los últimos años, el este de Europa ha comenzado a mostrar síntomas de una degradación del territorio que hasta hace poco se asociaba principalmente al sur del continente. Sin embargo, el ingeniero agrónomo Jaime Martínez Valderrama insiste en que conviene distinguir entre sequía y desertificación. Esta última, explica, es “la degradación de las zonas áridas como consecuencia de variaciones climáticas y actividades humanas inadecuadas”, un proceso mucho más complejo que el simple avance del desierto.
El experto y miembro de la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC advierte de que las sequías que afectan a regiones poco acostumbradas a convivir con ellas tienen un impacto especialmente severo. Mientras los países mediterráneos han desarrollado mecanismos de adaptación durante siglos, en buena parte del este europeo estos episodios llegan sin precedentes recientes y comprometen directamente las cosechas y la disponibilidad de agua. Además, alerta de que, cuando la degradación del suelo alcanza cierto nivel, revertirla resulta extraordinariamente difícil. “Un centímetro de suelo fértil tarda en fabricarse 800 años”, recuerda, una cifra que ilustra el enorme coste temporal de perder un recurso esencial para la agricultura.
Uno de los grandes obstáculos para combatir este fenómeno es, precisamente, medirlo. Martínez Valderrama explica que la desertificación no puede representarse con un único indicador porque combina procesos como la erosión, la pérdida de biodiversidad, la degradación de los acuíferos o el deterioro del suelo. “Encontrar métricas que permitan sumar todo eso es muy complicado”, señala. Esa dificultad explica que durante décadas apenas se hayan elaborado mapas específicos y que la propia Comisión Europea concluyera en 2018 que no era posible cartografiar la desertificación de manera objetiva. España ha intentado corregir esa carencia con una nueva metodología publicada en 2025.
Los resultados de ese trabajo muestran una realidad mucho más preocupante de lo que se pensaba. Según el mapa elaborado por su equipo, el 41% del territorio español presenta ya algún grado de desertificación, frente al 20% que reflejaban las estimaciones anteriores. El incremento responde tanto al avance del fenómeno como a una evaluación más completa que incorpora la degradación de los recursos hídricos. A ello se suma un círculo vicioso provocado por el cambio climático. “En lugar de levantar el pie del acelerador, utilizamos los recursos con más intensidad”, afirma, en referencia al aumento del regadío y a la creciente presión sobre los acuíferos para compensar la falta de lluvias.
Durante la entrevista, el investigador también reivindicó el valor de los pastizales, un ecosistema que ocupa cerca de la mitad de la superficie terrestre y del que dependen millones de personas para su alimentación y su modo de vida. Su abandono, explica, favorece modelos ganaderos mucho más intensivos y con un mayor impacto ambiental. Aunque reconoce que existen zonas donde la naturaleza está recuperando terreno tras el cese de determinadas actividades humanas, el balance global continúa siendo negativo. “Estamos perdiendo más que ganando”, concluye Martínez Valderrama, convencido de que la desertificación ha dejado de ser un problema lejano para convertirse en uno de los grandes desafíos ambientales de Europa.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.