La hora a la que comemos puede influir en cómo el organismo gestiona la glucosa, las grasas y la energía. Una revisión publicada en la revista Metabolism mostró que estos procesos cambian a lo largo del día siguiendo ritmos biológicos. En la misma línea, un pequeño ensayo de la Universidad Johns Hopkins observó que cenar a las 22.00, en lugar de a las 18.00, elevó un 18% el pico de glucosa y redujo un 10% el uso de la grasa ingerida durante la noche. Estos resultados sugieren que el cuerpo no responde igual a una comida según el momento en que se realiza.
Esta idea ha impulsado la crononutrición, una línea de investigación que no solo estudia qué o cuánto comemos, sino también cuándo. Un nuevo estudio publicado en la European Journal of Clinical Nutrition relaciona retrasar mucho la primera y la última comida del día con una mayor mortalidad general y cardiovascular.
¿Qué analizó el estudio?
Los investigadores utilizaron datos de 31.044 adultos de 40 años o más que participaron en la encuesta estadounidense NHANES entre 1999 y 2018. La hora de la primera y la última ingesta se estimó mediante un recordatorio dietético de 24 horas.
Durante un seguimiento mediano de 8,6 años se registraron 7.129 fallecimientos. Los autores compararon los resultados según la hora a la que los participantes habían realizado su primera y su última comida.
Es importante precisar que la investigación habla de “primera comida”, no necesariamente de un desayuno convencional. Una persona que toma café al levantarse y come por primera vez al mediodía podría quedar clasificada de forma distinta según qué declarase en el recordatorio.
Cuanto más tarde era la primera comida, mayor era la asociación
El grupo de referencia estaba formado por quienes realizaban su primera comida entre las 7:00 y las 8:00. Frente a ellos, comenzar a comer entre las 8:00 y las 10:00 se relacionó con un riesgo de mortalidad general un 10% mayor.
La asociación aumentaba a medida que se retrasaba el horario: el riesgo relativo fue un 19% mayor entre quienes empezaban a comer de 10:00 a 12:00 y un 29% mayor cuando la primera comida se producía después del mediodía.
Los investigadores también observaron asociaciones similares con la mortalidad cardiovascular. Sin embargo, estos porcentajes describen diferencias relativas entre grupos y no la probabilidad individual de morir por desayunar un día más tarde.
Cenar tarde no fue el único horario relacionado
Para la última comida, los autores tomaron como referencia el intervalo entre las 19:00 y las 20:00. Comer después de la medianoche se asoció con un riesgo de mortalidad general un 27% mayor.
Pero el patrón no fue tan sencillo como afirmar que cuanto antes se cena, mejor. Realizar la última comida antes de las 19:00 también se relacionó con un incremento del 13% respecto al grupo de referencia.
Esto sugiere que tanto los horarios muy tardíos como determinadas ventanas de alimentación tempranas podrían reflejar situaciones distintas: turnos de trabajo, enfermedades, pérdida de apetito, hábitos de sueño o condiciones sociales. El estudio tampoco permite establecer una duración universal de la ventana de alimentación que sea adecuada para todas las personas.
El dato recompensa: más de dos años de diferencia estimada
A los 50 años, la esperanza de vida calculada fue, de media, 2,46 años menor entre quienes realizaban su primera comida después de las 12:00, comparados con quienes comían por primera vez entre las 7:00 y las 8:00.
En quienes registraron su última comida pasada la medianoche, la diferencia estimada fue de 2,35 años respecto al grupo que terminaba de comer entre las 19:00 y las 20:00.
Estas cifras no significan que adelantar el desayuno vaya a añadir automáticamente dos años de vida. Son estimaciones poblacionales obtenidas mediante modelos estadísticos, no predicciones personales ni resultados de una intervención que modificara deliberadamente los horarios.
¿Por qué podría influir la hora?
Comer muy tarde puede desajustar el horario de los alimentos respecto al reloj biológico. Durante la noche cambia la respuesta a la insulina, se aproxima el periodo de descanso y el organismo se prepara para el ayuno nocturno.
También es posible que el horario sea solo una señal de otros factores. Las personas que comen después de medianoche podrían trabajar por turnos, dormir a horas irregulares, consumir alimentos diferentes o tener problemas de salud que alteren su apetito.
Lo que el estudio no demuestra
Se trata de un estudio observacional, por lo que muestra asociaciones, pero no prueba que retrasar las comidas cause una muerte prematura. Además, estimar el horario habitual mediante un recordatorio de un solo día puede no reflejar cómo come una persona durante meses o años.
La Asociación Americana del Corazón reconoce que los horarios tardíos e irregulares pueden relacionarse con peores indicadores metabólicos, pero insiste en que todavía se necesitan más estudios para establecer causalidad. La prioridad continúa siendo mantener un patrón alimentario saludable y sostenible, adaptado al trabajo, al sueño, a la medicación y a las necesidades de cada persona.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.