Mucho antes de convertirse en la Denominación de Origen más antigua de España, Rioja ya estaba allí. Incluso antes de que surgiera su nombre, en el siglo IX, ya existía un territorio propicio para el viñedo. Y es que, en época romana, en estas tierras se cultivaban viñedos y las crónicas cuentan que durante la Edad Media la vendimia formaba parte de la vida ¡y de sus monasterios!
La historia de lo que hoy conocemos como el vino clásico de Rioja –ese vino pensado para viajar a medio mundo– comenzó, sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX. Y sus primeros capítulos tuvieron como hilo argumental, curiosamente, una plaga: la filoxera, que devastó los viñedos franceses y obligó a numerosos bodegueros y comerciantes de Burdeos a cruzar los Pirineos en busca de vino. Y allí estaba Rioja, con unas condiciones climáticas y unas variedades de uva muy similares a las que conocían al otro lado de la frontera.
Al principio llegaron en busca de vino a granel que almacenaban aquí y con el que poder seguir abasteciendo la demanda francesa. Después, algunos se establecieron en la región, trayendo consigo nuevas formas de entender el vino. Fue también entonces cuando comenzó a dibujarse el que hoy se conoce como el Barrio de la Estación de Haro.
La llegada del ferrocarril y la sustitución de las caballerías por estos nuevos “caminos de hierro” transformaron el transporte del vino, y convirtieron la zona próxima a la estación en un enclave estratégico. Aquellos primeros almacenes-bodega que levantaron comerciantes franceses ya no quedan en pie. Pero sí bodegas centenarias que llegaron al barrio poco tiempo después para quedarse.
Por eso, “el Barrio de la Estación de Haro es el mejor lugar del mundo para conocer la historia de esta región a través de sus vinos”, como señala Mayte Calvo de la Banda, directora técnica de Bodegas Bilbaínas y presidenta de la Asociación del Barrio de la Estación. Aunque la enóloga matiza que la filoxera fue más un acelerador que un punto de partida.
El Barrio de la Estación de Haro es el mejor lugar del mundo para conocer la historia a través de los vinos
“De una u otra forma, ese proceso habría llegado igualmente”, explica, recordando que muchas bodegas riojanas ya tenían una clara vocación internacional. Sí, Rioja contaba con “una cultura vitivinícola sólida, profundamente arraigada al territorio. Lo que llega de fuera se suma, se integra, pero no sustituye lo que ya existía, y, en ese sentido, no todo ha venido de Francia”, concluye la portavoz de un peculiar “barrio”, desde el que puede recorrerse, casi paso a paso, la evolución de Rioja desde finales del siglo XIX hasta nuestros días.
1886: el coupage como seña de identidad
Cuando aquí se habla de clásicos, un término surge enseguida: coupage. Y es que, como señala Mikel Ruiz de Viñaspre, responsable de Enoturismo, Hospitalidad y Venta Directa de bodegas Gómez Cruzado, “los ensamblajes se convirtieron en la identidad de Rioja tal y como todo el mundo la conoce ahora”.
Fue gracias a esa influencia bordelesa, porque, tras la crisis de la filoxera, se exportó desde los châteaux de Burdeos este método de elaborar vino, con el fin de aportar al tempranillo –la variedad riojana por excelencia, pero también una uva temprana y especialmente sensible en las añadas difíciles– una mayor capacidad de envejecimiento. De ahí la importancia histórica de variedades como, por ejemplo, la garnacha, que aporta cuerpo y estructura al vino.
1890: el arte de la trasiega
Las cinco familias riojanas y vascas que, en 1890, crearon la Sociedad Vinícola de La Rioja Alta (en 1941 pasó a ser La Rioja Alta, S.A.) confiaron la elaboración de sus vinos a un enólogo francés, Monsieur Vigier. Y uno de los métodos de elaboración que importaron del país vecino fue la trasiega artesanal. Un proceso minucioso y preciso que, todavía hoy, aquí se mantiene intacto.
Se realiza cada seis meses, y consiste en traspasar el vino de una barrica a otra con muchísimo cuidado para que, al contacto con el aire, “el vino logre oxigenarse y evolucionar lentamente, además de eliminar las impurezas que pudieran quedar (en torno a un 2%) en la primera de las barricas”, precisa el actual enólogo de la bodega, Julio Sáenz. La operación se lleva a cabo a la luz de una vela, lo que permite detectar posibles sedimentos durante el trasvase. Además, funciona como control de calidad: si se advierte cualquier anomalía en alguna barrica, el vino se descarta.
1901: el château riojano
Aquel inicio del siglo XX, Bodegas Bilbaínas introduce en Rioja una forma distinta de entender el vino inspirada en los châteaux del Médoc francés, un modelo que marcaría profundamente la evolución de la viticultura moderna. La bodega apostó desde sus orígenes por integrar viñedo y elaboración, impulsando el control integral del proceso, desde la viña hasta la botella.
“La elección de este modelo no fue casual. Viñedo y bodega conviven en un mismo espacio y eso permite que todo el proceso, desde el cuidado de la viña hasta la elaboración, se realice bajo una misma visión y un mismo criterio”, explica Mayte Calvo. “De este modo, una parte del paisaje de Rioja llega al consumidor final, que puede reconocer en cada copa la autenticidad del viñedo del que procede”.
1915: desafiando el reinado del tinto
Monopole, creado por CVNE (Compañía Vinícola del Norte de España), se convierte en la primera marca registrada de vino blanco en España, lo que contribuyó a situar los blancos riojanos en el mapa en una región históricamente asociada a los tintos y ayudó a confirmar que los vinos blancos también podían tener vocación de calidad, personalidad propia y capacidad de perdurar en el tiempo, abriendo el camino a una tradición que, por cierto, hoy vive una nueva revalorización.
Coincidiendo con su centenario, este icono renació. Raquel Pardo, responsable de comunicación y contenidos de CVNE, lo define como “un vino que ‘resucitó’ de un estilo antiguo de la bodega, y que ha recreado un estilo destinado a perdurar”. Un ejemplo de cómo el pasado puede proyectarse hacia el futuro. Y es que no son pocos los que dicen que el futuro de Rioja son los vinos blancos.
El Monopole nació en 1915, lo que contribuyó a situar los blancos riojanos en el mapa en una región históricamente asociada a los tintos
1968: el valor de la barrica
“El roble es la base de la crianza del vino”, dicen desde Muga. Sí, la barrica moldea el carácter de los Rioja, y durante décadas, el roble americano dominó las crianzas riojanas. Sin embargo, algunas bodegas comenzaron a mirar también hacia los bosques franceses en busca de vinos más finos, más especiados y elegantes. Eso sí, pocas llevaron esa sana obsesión tan lejos como Muga.
En 1968, la bodega lanzó su primer crianza, entendiendo que el roble sería decisivo. Pero no un roble cualquiera, sino el que ellos seleccionaron, sobre todo en montes franceses, y el que secaban y tostaban con los criterios que ellos mismos definían. Y lo hacían, además, en su propia tonelería. Hoy Muga es la única bodega de España con maestro cubero y toneleros propios.
1989: la fuerza de la gravedad
El 12 de octubre de aquel año marcó un hito en la historia de la enología española con la inauguración en CVNE de la nave de vinificación El Pilar, todavía en funcionamiento. Un hito que llegó en plena revolución enológica, por cierto.
Fue la primera nave en España en aplicar un sistema de vinificación no agresiva basado en el uso de la gravedad, eliminando por completo bombas y tuberías en el transporte del mosto, que caía por su propio peso, preservando así la integridad de la uva y obteniendo vinos más finos y equilibrados. “Usar la gravedad es esencial para la elaboración, ya que ni el fruto ni el vino sufren; es una vinificación gentil”, afirma Raquel Pardo.
1991: un nuevo lenguaje
A finales de los ochenta, en Bodegas Muga comenzaron a imaginar un vino diferente: con más estructura, más volumen y mayor proyección. “Más pantorrilla”, decían en la propia familia bodeguera. Con Burdeos como referencia y tras años de ensayos, en 1991 nació Torre Muga, uno de los vinos que mejor simbolizó la irrupción de la llamada Rioja moderna.
Su propuesta se apoyaba en una selección más exigente de la uva, maceraciones más prolongadas para incrementar la extracción de color y estructura, y una apuesta decidida por el roble francés de alta calidad. El resultado fue un Rioja de mayor concentración y vocación de guarda, que contribuyó a abrir una nueva etapa dentro de la denominación y a reforzar la presencia de los grandes vinos riojanos en los mercados internacionales.
1998: un banco genético
A finales de los años noventa, RODA –“los adolescentes del barrio”, ya que llegaron aquí en 1987– puso en marcha uno de los proyectos de investigación vitícola más singulares de Rioja con la recuperación y conservación de biotipos históricos de tempranillo procedentes de viñas viejas repartidas por el territorio.
¿La intención? Preservar la diversidad genética como forma de proteger la identidad de los vinos de Rioja. El trabajo dio como resultado la creación de un banco de germoplasma pionero en la región. Aunque, más allá de la investigación, el proyecto ayudó a reforzar una idea que hoy atraviesa la viticultura contemporánea: la personalidad del vino empieza en la diversidad y en la riqueza del viñedo.
2007: la era de los vinos singulares
Bodegas Bilbaínas lanza uno de los primeros vinos singulares de Rioja: Alto de la Caseta. Un hito que abrió una nueva etapa en la DOCa al incorporar una filosofía que hoy parece evidente: situar el viñedo y la identidad de cada parcela en el centro del discurso, es decir, “dar valor a la tierra”. Tres años después, la bodega consolidaría esa idea con la gama de Vinos Singulares de Viña Pomal.
Esa mirada ha impulsado la transición hacia la viticultura ecológica y regenerativa, iniciada hace más de veinte años y acelerada desde 2024 con la transformación global del viñedo. “Unirnos al movimiento B Corp (que promueve un modelo empresarial con impacto social y ambiental positivo) actúa como una brújula que orienta nuestras decisiones y refuerza nuestro compromiso con el territorio y su futuro”, señala la enóloga.
En 2007 ocurrió un hito que abrió una nueva etapa en la DOCa: se situó el viñedo y la identidad de cada parcela en el centro del discurso; se empezó a “dar valor a la tierra”
2013: la fuerza de la diversidad
“Los 90 fueron tiempos oscuros para la bodega [Gómez Cruzado]”, reconoce Ruiz de Viñaspre. Tras décadas marcadas por cambios de propiedad y pérdida de notoriedad, Gómez Cruzado vio la oportunidad de reinventarse. “Teníamos la opción de ser una bodega clásica más de una ubicación ya clásica de por sí, o ser una alternativa en este enclave único”, explica.
Esa filosofía se refleja en su forma de entender Rioja hoy. Frente a quienes consideran incompatibles los vinos de ensamblaje y los de paraje, Gómez Cruzado defiende que ambos estilos “son perfectamente complementarios”. Porque la diversidad de la región también permite explorar elaboraciones más ligadas al origen y al viñedo.
2015: el salto tecnológico
Hace más de una década que La Rioja Alta, S.A. incorporó la selección óptica de uva a sus procesos de elaboración, una tecnología todavía poco extendida en Rioja, que permite afinar al máximo la calidad del fruto antes de que comience la vinificación. El sistema “ya no selecciona racimos enteros, sino grano a grano” –explica Roberto Frías, director de Viticultura del grupo– mediante cámaras de visión artificial mientras chorros de aire a presión descartan aquellos que no cumplen los parámetros de calidad.
El proceso es efectivo y eficaz: un despalillado suave, la uva avanza por mesas vibratorias “en una sola capa” para que las cámaras puedan detectar granos rotos, inmaduros o fragmentos de escobajo. “La máquina lo ve y lo separa automáticamente del resto de la uva. Lo ideal es que la uva llegue lo más íntegra posible a la bodega”, señala Frías.
2021: definiendo el viñedo del futuro
Más de dos décadas después de iniciar la recuperación de biotipos históricos de tempranillo, RODA llevó ese conocimiento al campo, poniendo en marcha un viñedo experimental diseñado bajo el sistema Keyline y los principios de la viticultura regenerativa, con el objetivo de mejorar la gestión del agua, reducir la erosión y regenerar los suelos.
La plantación incorporó biotipos procedentes de su banco de germoplasma, seleccionados por su diversidad genética y su potencial para afrontar temperaturas más altas y maduraciones, claro, más tempranas. El proyecto simboliza una de las grandes preocupaciones de la viticultura actual: adaptarse al cambio climático sin renunciar a la identidad.

Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.