“Vienen de esconderse durante la dictadura, y en los locales de ambiente el edadismo es brutal”: el restaurante de Alicante que combate la soledad de los mayores LGTBI
La soledad no deseada golpea con más fuerza a quienes durante toda su vida tuvieron que ocultar su identidad sexual; un proyecto impulsado por la Fundación de Mar a Mar se ha convertido en un inesperado punto de encuentro intergeneracional
Juan Lledó con Magdalena, clienta habitual del Marimar. Cedida
01Como la mayoría de los cascos antiguos en España, el de Alicante late entre terrazas, turistas y una intensa vida nocturna.
02Aunque un rincón, la Plaza Virgen del Remedio, conocida como Plaza de las Monjas, parecía vivir algo al margen del bullicio.
03Un rincón, eso sí, que ahora se ha convertido en el lugar al que ir.  Y no porque allí se haga realidad eso de las tapas a un euro, la happy hour  o la última gilda de autor, sino al amparo de una leyenda que acompaña a su nombre:  Sabor y Diversidad.
04Es el Restaurante Marimar, “un espacio seguro, acogedor y diverso”, como se presenta.
Como la mayoría de los cascos antiguos en España, el de Alicante late entre terrazas, turistas y una intensa vida nocturna. Aunque un rincón, la Plaza Virgen del Remedio, conocida como Plaza de las Monjas, parecía vivir algo al margen del bullicio. Un rincón, eso sí, que ahora se ha convertido en el lugar al que ir.
Y no porque allí se haga realidad eso de las tapas a un euro, la happy hour o la última gilda de autor, sino al amparo de una leyenda que acompaña a su nombre: Sabor y Diversidad. Es el Restaurante Marimar, “un espacio seguro, acogedor y diverso”, como se presenta. O, en palabras de su promotor, Juan Lledó, “un proyecto social de la fundación que presido (Fundación de Mar a Mar) que quiere apoyar a las personas mayores LGTBI y luchar contra la soledad no deseada”.
Contenido para suscriptores
Sigue leyendo con toda la información
Accede al artículo completo, al análisis de nuestros especialistas y a todo el contenido premium de La Vanguardia.
Artículos premium sin límite y sin publicidad intrusiva
Newsletters exclusivas y la edición impresa en PDF
↓ Vista de revisión · contenido bajo el muro (oculto en producción)
Con 55 años, Juan ha dedicado toda su vida al tercer sector. Fue gerente de la Asociación Española Contra el Cáncer de la provincia de Alicante y ha trabajado en la Fundación Vicente Ferrer, además de en Ayuda en Acción. También estuvo como voluntario en un proyecto en el que “apadrinaban” a personas mayores. “Tuve la suerte de que me asignaran a una monja de clausura que estaba sola en una residencia. Sabía que yo era gay. Un día, ya muy malita, me dijo que por qué no hacía algo para atender a las personas mayores”, recuerda.
Juan se dio cuenta de que apenas existían recursos específicos para mayores LGTBI, que “vienen de vivir la dictadura, de esconderse durante toda su vida; muchos, además, tuvieron problemas con sus familias o en el trabajo”. Y el resultado de todo ello es, claro, una vejez seguramente más vulnerable que la del resto. “No tienen muchas redes, ni hijos, ni nietos. Y cuando se hacen mayores, se encuentran más solos que la mayoría”, precisa el presidente de la Fundación de Mar a Mar.
“En las residencias y centros de día sigue habiendo una generación con una homofobia interiorizada desde su juventud, y no son espacios donde se sientan seguros”, explica José Ramón Samper, vinculado a asociaciones LGTBI desde hace más de dos décadas y responsable del proyecto Mayores con Voz de esta fundación. Una invisibilidad que les obliga a volver o seguir en el armario —y que, por cierto, reflejó a la perfección la película Maspalomas, con la que el actor José Ramón Soroiz logró un premio Goya interpretando a un hombre que debe esconder su identidad sexual cuando tiene que ingresar en la residencia—.
“Cuando vi la película, dije: ‘Madre mía, cómo han tenido esta lucidez de hacer esto’, porque era algo que estaba totalmente escondido, que la gente no estaba viendo”, incide Lledó. “Tampoco son seguros los locales de ambiente, las redes sociales o las aplicaciones de citas, donde el edadismo es brutal”, añade Samper. “Están perdidos y son pocos los que se atreven a salir de su casa”.
El Marimar se ha convertido en un espacio seguro para el colectivo. Cedida
Son pocos los que se atreven a salir de casa, vimos que uno de los momentos más duros es la hora de la comida, y dijimos: si no podemos hacer un centro de día, montemos un restaurante
“Hay muchos mayores que pasan por la puerta, dan una vuelta, dos… y a la tercera ya salgo yo a por ellos y les digo: ‘Ven, vamos a tomar una cervecita’, porque sé que quieren entrar, pero les da miedo, y ahí te imaginas por lo que han tenido que pasar”, prosigue Lledó. Por ejemplo, se acercó a la fundación un hombre de 90 años que, “al contactarnos, tenía dudas sobre sexualidad propias de un adolescente de 15 años, porque nunca había tenido experiencias homosexuales; quería vivirlas ahora, pero no sabía cómo ni tenía recursos para hacerlo”, recuerda Samper. “Se han perdido parte de su vida y experiencias por las que tenían que haber pasado”.
Inicialmente, la idea de Lledó no era, aclara, abrir un restaurante. Su intención era, más bien, poner en marcha un centro de día, como el que tiene la Fundación 26 de diciembre en Madrid, en cuyo ejemplo quiso inspirarse. Pero no había financiación suficiente. “Nos dimos cuenta de que uno de los momentos más duros es la hora de la comida. Y dijimos: si no podemos hacer un centro de día, montemos un restaurante”, continúa Lledó el relato.
Y tomaron una decisión más que acertada. “A la hora de comer aquí se mezclan personas de 30, 50 y 70 años. No hay tanto edadismo. Y eso en el ocio nocturno no pasa”, dice Juan. Pero la actividad no se limita a la hora del almuerzo. Por la tarde, el local se transforma en un espacio híbrido e intergeneracional. Y no solo porque aquí Samper trabaja para dar pautas a los mayores LGTBI sobre las posibilidades de ocio y las relaciones sociales o para gestionar ayudas que mejoren la pensión.
También hay teatro, clases de yoga o estiramientos, un club de lectura, ensaya la primera tuna LGTBI que hay en España o… se organizan charlas, como la que hace unas semanas tuvo lugar sobre Historia Trans. “El colectivo no está exento de prejuicios, también hay rechazo dentro de él; aquí ha venido gente trans mayor a comer y yo he visto a gays levantándose y yéndose a otra mesa”, reconoce Lledó. Eso sí, también son muchos —sin duda, más— los jóvenes LGTBI que asisten a las sesiones formativas que aquí se imparten para ser voluntarios de la fundación y poder así apoyar a quienes no pueden acercarse hasta el Miramar.
Cuando hablas de tu vida, a veces te sientes juzgada; este proyecto ha hecho muy felices a personas como yo
Aunque reconoce que tardó un poco en hacerlo, hace unas semanas Magdalena Aliaga, traductora recién jubilada de 64 años, decidió entrar. Llevaba tiempo —quizás demasiado— buscando algo así. “Quienes vivimos en ciudades de provincias estamos aislados; no conoces a gente suficiente porque has tenido una carrera intensa y, cuando llegas a una edad, si no tienes pareja, estás solo”. Una soledad que se amplifica a la hora de la comida —“comer solo es mucho más triste que sentarte con alguien”, afirma— y por la falta de espacios propios. “El ocio nocturno está orientado a gente con la que, a partir de cierta edad, no tienes nada que compartir. Tenía que irme a Madrid algún fin de semana o moverme en entornos que no eran los míos”.
No solo es eso. Existe otra circunstancia que seguramente no resulta igual de evidente, aunque también condiciona. Lo evidencia Magdalena a la hora de hablar del círculo de amistades fuera del colectivo. “Las conversaciones con heterosexuales giran en torno a hijos, nietos… Y nosotras no tenemos. Además, algunos temas siguen siendo tabú. Cuando hablas de tu vida, de cómo has conocido a alguien o de las dificultades que tienes, a veces te sientes juzgada. Estoy segura de que no lo hacen con mala intención, y menos mis amigos, pero hay cosas que duelen”.
Algunos de los clientes del restaurante fundado por Juan Lledó. Cedida
De ahí que Magdalena no oculte que, cuando descubrió el restaurante, lo recibió como “una bomba de aire”. “Me siento mucho más integrada y más feliz en la ciudad”, reconoce. De hecho, ha logrado hacer nuevas amistades —“un par de muy buenas amigas de mi edad”— y participa en actividades que antes no formaban parte de su rutina. Incluso junto a varias mujeres (ahora amigas) lesbianas ha organizado un viaje a una casa rural en Vall d'Albaida, “la Toscana valenciana”. “Espero que me pasen ‘cosas’ allí”, confiesa, aunque sí que deja claro: “Nosotras no buscamos lo mismo que la gente joven. Ellas tienen otras dinámicas. Nosotras queremos amistad, compartir, construir algo más pausado”.
Para Magdalena, este espacio no es solo un restaurante: es un punto de encuentro, una red, un entorno donde “hablar de tu vida y tu sexualidad con naturalidad, sin tener que adaptarte al resto”. Sin filtros. “Ha hecho muy felices a muchas personas como yo”, dice. “Ojalá hubiera existido antes”.
Sí, el restaurante Marimar es un antídoto frente a la soledad nunca deseada de los mayores LGTBI que ha venido para llenar de diversidad y tolerancia la antes vacía plaza de las Monjas. Y lo consigue, precisamente, en unos tiempos en los que, como destaca Magdalena, “hay una mayor crispación hacia nosotros”. Una sensación que, desde luego, aquí no se respira. “Lo creé con el fin de apoyar a los mayores, pero se ha naturalizado el hecho de que venga gente de todo tipo —hetero o lo que sea— y se sienta cómoda con personas mayores LGTBI a su alrededor. Está siendo fácil, suave. No ha roto nada ni ha puesto a nadie nervioso”, concluye Juan Lledó.
Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.